En el tablero de control de cualquier política sanitaria, la palabra «eficiencia» suele ser el norte. Sin embargo, cuando bajamos los modelos teóricos al territorio, surge una pregunta que incomoda a los números: ¿Es ineficiente invertir en un centro de salud primaria para una población rural dispersa cuando esos mismos recursos podrían atender al triple de personas en un centro urbano saturado?
Desde una mirada estrictamente contable, la respuesta parece obvia. Pero desde la economía de la salud con enfoque en equidad, la respuesta es mucho más compleja y nos obliga a distinguir entre dos tipos de ineficiencias: las evitables y las inevitables.
El costo de la distancia: La ineficiencia inevitable
Cuando decidimos sostener un centro de salud en una zona de baja densidad demográfica, aceptamos de antemano que el costo por consulta será mayor que en un centro urbano de alta demanda. El personal médico atenderá a menos pacientes por hora y el mantenimiento de la infraestructura no gozará de las «economías de escala» que ofrece una ciudad como Buenos Aires o Córdoba.
Técnicamente, esto es una ineficiencia operativa. Pero en un sistema que busca la equidad, esta ineficiencia es inevitable y necesaria. Es el «precio» que la sociedad decide pagar para garantizar que el código postal de un ciudadano no sea un factor determinante en su expectativa de vida. Si eliminamos esta «ineficiencia», estaríamos creando una inequidad evitable.
El verdadero enemigo: La ineficiencia evitable
El foco de la crítica y de la gestión no debe estar en el hospital rural que atiende a pocos, sino en el sistema que gasta mal donde sí podría gastar bien. Las ineficiencias evitables son las que realmente desangran el presupuesto, por ejemplo:
- Mortalidad evitable: El costo altísimo de tratar una complicación avanzada que pudo resolverse con un diagnóstico a tiempo.
- Fragmentación: La duplicación de estudios por falta de una historia clínica compartida o la burocracia que retrasa un tratamiento.
- Mala asignación: Equipos de alta complejidad instalados en lugares sin personal capacitado para usarlos.
El caso de Argentina. Brecha de inversión, muertes evitables y el desafió de la dispersión
Argentina presenta un gasto en salud per cápita de aproximadamente USD 1.371 (2022), una de las cifras más altas de la región. Sin embargo, este gasto no se traduce de forma lineal en mejores resultados
- Ineficiencia Provincial: Estudios de eficiencia relativa utilizando el método DEA (Análisis Envolvente de Datos) muestran disparidades significativas entre provincias argentinas. Algunas jurisdicciones logran mejores indicadores de salud con presupuestos menores, lo que señala un margen de ineficiencia evitable en la gestión de recursos locales.
- Mortalidad Infantil: Aunque la tasa nacional ha descendido, persisten brechas geográficas críticas. Las provincias del Norte Grande suelen registrar tasas superiores al promedio nacional, vinculadas directamente con la accesibilidad geográfica y la dispersión poblacional.
Otro indicador central para tu nota es la mortalidad evitable (muertes que podrían haberse impedido con intervenciones médicas oportunas).
- Las enfermedades cardiovasculares representan el 26% de las muertes en Argentina. Gran parte de estas podrían evitarse con un primer nivel de atención robusto que controle factores de riesgo antes de que el paciente requiera una cirugía de alta complejidad en un centro urbano.
- En términos de ranking global de calidad y acceso (HAQ Index), Argentina se ha ubicado históricamente por debajo de países con menor gasto, lo que refuerza la idea de que el problema no es solo cuánto se invierte, sino dónde y cómo.
Finalmente, se agrega que Argentina tiene una densidad poblacional baja (aprox. 16,8 hab/km²), pero muy concentrada.
- Aproximadamente 1,3 millones de personas habitan en pequeños poblados o zonas rurales dispersas.
- Ineficiencia «Inevitable»: Mantener un centro de salud para estas comunidades implica costos operativos mucho más altos por paciente atendido. No obstante, la falta de estos centros dispara la mortalidad por causas externas (lesiones o emergencias) debido a los tiempos de traslado, lo cual es una ineficiencia sistémica mayor.
La ineficiencia inevitable es la inversión necesaria para reducir la inequidad evitable
Los números en Argentina cuentan una historia de contrastes. Con un gasto en salud que ronda el 10% del PBI, el país se posiciona por encima del promedio regional; Es aquí donde el concepto de ineficiencia inevitable cobra relevancia estadística. Según los últimos reportes del DEIS, las provincias del Norte Grande enfrentan costos operativos por paciente mucho más elevados que los centros urbanos de la zona núcleo. Pero este «sobrecosto» no es un error de cálculo; es el precio de la cohesión social. Si el sistema decidiera retirar la inversión de un centro rural por su baja «productividad» de consultas, no estaría ahorrando: estaría trasladando el costo hacia el futuro bajo la forma de mortalidad evitable o derivaciones críticas a hospitales de alta complejidad que ya se encuentran saturados.
Conclusión: Gestionar la escasez con sentido humano
El dilema del decisor no es elegir entre eficiencia o equidad, sino entender que la equidad requiere una ineficiencia técnica aceptada.
Invertir a pesar de la ineficiencia inevitable, en última instancia, una estrategia de eficiencia sistémica. No es un gasto excesivo; es la inversión necesaria para que el sistema no colapse bajo el peso de su propia desigualdad. En definitiva, cada sociedad deberá definir cuanta es la ineficiencia que está dispuesta a soportar en búsqueda de la equidad
