Quedará en el recuerdo de más de 600.000 personas que se congregaron en Palermo para ver a Franco Colapinto dar unas vueltas en un auto de Fórmula 1. No era una carrera. No había podio ni puntos en juego. Era un road show — un espectáculo, una promesa, una celebración colectiva. A pesar de esto, según diversos medios especializados, la convocatoria superó el récord de asistencia de un Gran Premio de Fórmula 1, incluyendo el de Adelaida en 1995 con 520.000 personas.
El número es extraordinario. Pero lo más revelador no es cuántos fueron. Es lo que esa multitud representa como señal económica.
El valor de la pasión
La economía del deporte de élite se sostiene sobre un activo que los manuales rara vez nombran con precisión: la pasión colectiva. La presencia de Colapinto en transmisiones globales de Fórmula 1 representa un valor publicitario estimado en más de 20 millones de dólares anuales para la marca país Argentina1. Un eventual Gran Premio en Buenos Aires podría generar un impacto económico de entre 600 millones y 1.000 millones de dólares para la Ciudad2. Y todo eso sin que haya ganado un campeonato todavía.
El caso de Lionel Messi es aún más elocuente como caso de estudio. Desde su llegada al Inter Miami en junio de 2023, el club duplicó su valor, pasando de 600 a 1.200 millones de dólares, y los ingresos de la MLS se elevaron de 60 a 190 millones de dólares. Los ingresos del Inter Miami pasaron de unos 56 millones anuales a cerca de 200 millones, impulsados por la venta de entradas, el crecimiento de patrocinadores y el salto global en visibilidad de la liga3. Un solo jugador. Una sola decisión de contratación. Un multiplicador de valor que ningún modelo de gestión convencional podría replicar por vía puramente racional.
¿Qué tienen Messi y Colapinto que el sistema de salud no tiene? Talentos extraordinarios, sí. Pero sobre todo algo más esquivo: la capacidad de generar identificación emocional masiva. De hacer que millones de personas sientan que lo que le pasa a ellos les pasa también a todos.
La paradoja sanitaria o la pregunta incómoda.
El sistema de salud argentino impacta, cada día, en la vida de millones de personas de una manera infinitamente más directa que un piloto de Fórmula 1 o que un delantero de la MLS. Un médico de guardia que diagnostica a tiempo un infarto salva una vida. Una enfermera que sostiene a un paciente en crisis hace algo que ningún gol puede replicar. Un programa de vacunación que erradica una enfermedad evita muertes que nunca veremos porque nunca ocurrieron — esa invisibilidad es, paradójicamente, su mayor logro. Sin embargo, nadie pone 600.000 personas en la calle para ver a un hospital funcionar bien.
Ahí viene la pregunta incomoda ¿Por qué? La respuesta no es sencilla ni unívoca. Pero hay algunas dimensiones que vale la pena pensar.
La primera es la de la narrativa. El deporte construye héroes con historia personal, con infancias difíciles, con derrotas que anteceden al triunfo. El padre de Franco tuvo que vender una casa para financiar su carrera en la Fórmula 4 española cuando ninguna empresa argentina quería apostar por él. Esa historia es combustible emocional. El sistema de salud también tiene sus héroes — el médico rural, la partera comunitaria, el investigador que trabaja con presupuesto escaso — pero no los cuenta. Los convierte en anónimos funcionales en lugar de protagonistas de una narrativa colectiva.
La segunda dimensión es la de la medición. Sabemos exactamente cuántos puntos tiene Colapinto en el campeonato, cuántos goles hizo Messi esta temporada, cuánto vale en dólares la franquicia del Inter Miami. El deporte mide todo, en tiempo real, con indicadores que cualquier persona puede entender y seguir. El sistema de salud, en cambio, produce toneladas de estadísticas que nadie fuera del sector lee. ¿Cuántas vidas salvó cada hospital este mes? ¿Cuántas cirugías complejas se realizaron? ¿Cuántos pacientes con diabetes controlada evitaron una amputación? Esos números existen — o podrían existir — pero no se comunican como se comunica una tabla de posiciones.
La tercera dimensión es la del resultado visible. Un gol entra o no entra. Una vuelta rápida se mide al milisegundo. El éxito en salud, en cambio, suele ser la ausencia de algo malo: la enfermedad que no apareció, la complicación que se evitó, el año de vida ganado en silencio. Los economistas de la salud trabajamos con métricas como los AVADs (años de vida ajustados por discapacidad) o los AVACs (años de vida ajustados por calidad), que intentan capturar ese valor invisible. Pero son herramientas técnicas, no lenguaje popular. Nadie festeja un AVAD evitado.

Lo que el deporte sabe y la salud ignora
Un empresario argentino describió a Colapinto como «la mejor plataforma de comunicación de América Latina». No por su velocidad en pista, sino por su capacidad de conectar emocionalmente con audiencias masivas. Esa conexión tiene un precio y genera un retorno.
“Franco Colapinto es la mejor plataforma de comunicación de América Latina, y está cercano a convertirse en algo casi global. Y para mí, es un vehículo extraordinario para las compañías”
El sistema de salud argentino es, en términos objetivos, una de las estructuras más complejas, valiosas y trabajosas que sostiene la sociedad. Tiene más de 150.000 médicos activos, miles de enfermeros, técnicos, trabajadores sociales, gestores. Atiende emergencias, forma especialistas, investiga, contiene. Sin embargo, en el imaginario colectivo suele aparecer como un problema — las colas, el presupuesto, la precariedad — antes que como un logro.
Parte de esa percepción es real: hay problemas serios. Pero parte es también un fracaso de comunicación del valor. El sistema de salud no aprendió a contar lo que hace en términos que generen identificación. No tiene su Colapinto, no tiene su Messi. Tiene héroes anónimos y métricas invisibles. (Lamentablemente todos conocemos el destino de Rene Favaloro, tal vez, nuestro héroe no anónimo)
Una propuesta y una pregunta
La propuesta es concreta: el sistema de salud argentino necesita invertir en medir y comunicar su valor social de manera accesible. No solo para el Ministerio o para los especialistas. Para la gente. Indicadores simples, actualizados, locales. ¿Cuántas vidas salvó este hospital este año? ¿Cuántos niños nacieron sanos gracias a este programa? ¿Cuántos años de vida ganó esta comunidad? Esos números, bien contados, son el equivalente sanitario de una tabla de posiciones. Y la gente sabe leer tablas de posiciones.
La pregunta, en cambio, la dejo abierta: si mañana apareciera alguien capaz de generar en torno al sistema de salud la mitad de la pasión que generó Colapinto en Palermo, ¿estaríamos dispuestos como sociedad a financiarlo con la misma generosidad con que llenamos estadios y compramos camisetas?
- El Impacto Económico de Franco Colapinto para la Argentina: Una Mirada desde Uruguay ↩︎
- La Fórmula 1 y Colapinto en Buenos Aires podrían generar un impacto económico de al menos US$ 600 millones. ↩︎
- ¡Efecto Messi! Desde su llegada le ha dado cuatro títulos al Inter Miami, triplicó ingresos de la MLS y vendió US$200 millones en camisetas. ↩︎
