Lo que los deciles no cuentan: ingreso, desigualdad y salud poblacional en Argentina

Una nota publicada esta semana en Infobae pone en circulación un dato que, a primera vista, parece una curiosidad estadística: según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC1, correspondiente al cuarto trimestre de 2025, «una familia argentina necesita percibir un ingreso total mensual superior a $3.644.000 para ubicarse dentro del 10% de los hogares que más ganan»2. El número impacta. Pero lo que más debería interesarnos —desde la economía de la salud y la salud poblacional— no es cuánto gana el decil diez. Es como impacta pertenecer los deciles más bajos.

Los números del INDEC: una radiografía que incomoda

La EPH releva ingresos en los 31 principales aglomerados urbanos del país. Los datos del cuarto trimestre de 2025 permiten construir una imagen precisa —y perturbadora— de la estructura distributiva argentina.

El décimo decil agrupa a poco más de un millón de hogares (1.004.001) y concentra el 29,5% del ingreso total relevado. Su ingreso medio ronda los $5.621.000 mensuales, con un techo que llega hasta $25.900.000. En el otro extremo, el primer decil —también alrededor de un millón de hogares (1.008.514)— se reparte apenas el 2% del ingreso total, con un promedio de $374.278 por mes.

Dicho de otro modo: el hogar promedio del decil más rico percibe 15 veces más que el hogar promedio del decil más pobre en términos de ingreso total familiar. Si la comparación se realiza en términos de ingreso per cápita familiar —la medida que usa el INDEC para calcular la brecha oficial— el cociente entre promedios del decil 10 y el decil 1 es de 17 veces (y de 13 veces si se comparan las medianas). Y esa brecha no es neutra para la salud.

Porque el ingreso no es sólo dinero. Es capacidad de compra de alimentos nutritivos o de vivir en condiciones habitacionales que no enfermen. Es, en definitiva, uno de los determinantes sociales de la salud más robustamente documentados en la literatura internacional.

La Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la OMS lo señaló con claridad hace casi dos décadas: las condiciones en que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen explican la mayor parte de las inequidades en salud que se observan dentro de los países y entre ellos. El ingreso está en el corazón de esas condiciones con muy alto impacto en la esperanza de vida al nacer, tal como también se muestra en el siguiente video.

Por otro lado, los hogares del primer decil obtienen el 67,7% de sus ingresos de fuentes no laborales —transferencias, jubilaciones mínimas, asignaciones—, lo que habla de una inserción precaria o directamente nula en el mercado de trabajo formal. Este es exactamente el perfil del hogar con mayor probabilidad de carecer de cobertura de salud contributiva: sin empleo registrado, sin obra social, con acceso exclusivo al subsistema público, ya de por sí tensionado. En otras palabras, el primer decil tiene el acceso al sistema de salud más limitado.

La trampa del promedio y el problema de la mediana

Uno de los hallazgos más relevantes de la EPH es la distancia entre el ingreso promedio y la mediana entre la población ocupada, medidos según el ingreso de la ocupación principal. El promedio se ubica en $1.068.540, pero la mediana es de $800.000 —equivalente al límite superior del decil 5, bajo el cual se sitúa la mitad de los trabajadores— Esa diferencia no es técnica: indica que la distribución está sesgada hacia arriba, que hay un grupo reducido con ingresos muy altos que «tira» del promedio, mientras la mitad de los trabajadores gana menos de ese valor.

Esto se conoce como el fenómeno del «Trabajador Pobre» Hoy en día tener un empleo ya no garantiza estar fuera de los deciles de pobreza. Muchos trabajadores en los deciles 3 y 4 pueden tener obra social, pero sus ingresos no les permiten cubrir los copagos o medicamentos, creando una verdadera barrera de bolsillo dentro del sistema.

Para la economía de la salud, esto tiene implicancias directas. Cuando se diseñan políticas de financiamiento en salud —copagos, aranceles, canastas de prestaciones—, usar el ingreso promedio como referencia puede llevar a conclusiones profundamente equivocadas sobre la capacidad de pago de los hogares. El típico hogar argentino no está en el promedio: está por debajo de él.

Otras brechas que tampoco son un dato menor

Entre quienes percibieron ingresos, los varones registraron un promedio de $1.191.364 y las mujeres de $838.336. Según la metodología oficial del INDEC, la brecha es del 29,6% —calculada como la diferencia entre ambos promedios dividida por el promedio de los varones—, y va en aumento: era del 26,2% un año atrás. Desde la perspectiva de la economía de la salud, esto tiene consecuencias específicas: las mujeres enfrentan mayor necesidad de servicios de salud a lo largo del ciclo de vida —salud sexual y reproductiva, cuidados de terceros, mayor expectativa de vida— y, al mismo tiempo, acceden a menores recursos para financiarlos.

Por otro lado, aún cuando no lo dimensiona directamente el informe del Indec, la brecha de ingresos tiene un correlato geográfico. La pobreza, aunque se encuentra en todo el territorio, se concentra fuertemente en el norte del país. Por otro lado, la capacidad de respuesta del sistema público en el AMBA no es la misma que en el NOA o NEA, lo que profundiza la inequidad para quienes pertenecen a los deciles más bajos en provincias con menos recursos.

La intersección de género e ingreso, como así la ubicación geográfica de la pobreza, produce perfiles de vulnerabilidad en salud que ninguna política uniforme puede resolver sin reconocerlos explícitamente.

El sistema de salud frente a la desigualdad: los deciles hablan, si sabemos escucharlos

Argentina tiene un sistema de salud fragmentado en tres subsectores: público, obras sociales y privado. La pertenencia a cada uno no es libre: está determinada, en gran medida, por la inserción laboral e ingresos. Y estos determinantes, como muestra la EPH, está distribuida de manera profundamente desigual. Pensar el financiamiento del sistema de salud sin mirar esta estructura distributiva es como diseñar una política de transporte sin conocer dónde vive la gente.

Los datos de la EPH no son una curiosidad estadística para economistas. Son una herramienta de diagnóstico de salud poblacional. Nos dicen quienes tienen acceso y quiénes no. Nos dicen dónde se concentra la vulnerabilidad. Nos dicen, en definitiva, qué tipo de sistema de salud necesitamos construir y para quién.

En definitiva, el debate sobre cuánto hay que ganar para pertenecer al 10% más rico es legítimo. Pero el debate que la salud pública no puede postergar es otro: qué le pasa, en materia de salud, los más pobres. Y qué estamos haciendo —o dejando de hacer— al respecto.

  1. Evolución de la distribución del ingreso (EPH) ↩︎
  2. Cuánto tiene que ganar una familia para pertenecer al 10% con mayores ingresos ↩︎

Publicado por Ariel Mario Goldman

Director General de Administración. Hospital Zubizarreta. CABA Profesor universitario (UBA/ISALUD/FAVALORO/UADE)

Un comentario en “Lo que los deciles no cuentan: ingreso, desigualdad y salud poblacional en Argentina

  1. Buenos días!!

    Gracias Ariel por describir tan bien lo que nos pasa un porcentaje alto de la población, el tema es que no se puede hacer APS con este decil, porque la población no llega a hacerse los controles y la mayoría de las veces llega cuando es tarde.

    El «Trabajador pobre» es el que más consume del sistema público porque se aproxima en situaciones de urgencia para luego tener internaciones prolongadisimas.

    Produce más gasto-mayor desgaste en el personal-rehabilitaciones, que no pueden sostener. Estamos matando a nuestra población.

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