El verano que viene: dengue, calor extremo y la planificación que el sistema todavía no termina de hacer

El 23 de junio de 20261, Francia vivió su día más caluroso desde que existen registros. La ola de calor ya dejó al menos 40 muertos por ahogamiento desde el 18 de junio, colegios cerrados, restricciones hospitalarias y el cierre adelantado de monumentos en todo el país. El dato no sería tan inquietante si Francia no fuera, precisamente, el país que mejor se preparó para esto.

Francia tiene uno de los sistemas de alerta por calor más sofisticados del mundo. Lo construyó después de una tragedia: la ola de calor de agosto de 20032 dejó cerca de 15.000 muertos en el país, una sobremortalidad del 55% en la primera quincena de agosto, y derivó en la renuncia del director general de salud. Desde entonces, un sistema de alerta clasifica la amenaza de verde a rojo cada verano, con medidas muy fuertes en el extremo de peligro, y un estudio estimó que unas 4.000 personas más podrían haber muerto en la ola de julio de 2006 si no hubiera existido el plan nacional contra las olas de calor.

Aun con ese sistema —residencias con aire acondicionado obligatorio, alertas en el metro, protocolos hospitalarios, cierre preventivo de escuelas— Francia tiene en este momento decenas de muertes. La pregunta que se impone, vista desde Argentina, no es si el sistema francés funciona. Es qué va a pasar en el hemisferio sur, donde el verano aún no empieza y hay tiempo para prepararse (aunque históricamente la preparación ha sido comparativamente menor)

Lo que se viene para Argentina

Mientras Francia transita su pico de calor boreal, Argentina se dirige a la temporada en la que dengue y calor extremo suelen coincidir: diciembre a abril. Es el mismo fenómeno climático global —temperaturas más altas, eventos más frecuentes e intensos— pero con una diferencia de preparación que vale la pena examinar con honestidad, sin caer en el lugar común de que «en Argentina no se hace nada». Porque no es así. El problema es más sutil, y por eso mismo más difícil de resolver.

Dengue: la curva que ya conocemos

Para el cierre de 20243, la Organización Panamericana de la Salud documentó un total de 12.970.602 casos sospechosos en la Región de las Américas, lo que triplicó ampliamente los registros de todo el año anterior. Argentina ocupó el segundo lugar con 379.341 casos, un aumento de cuatro veces respecto a la temporada anterior. Desde la reemergencia del dengue en Argentina en 1997, los años 2023 y 2024 fueron las temporadas epidémicas de mayor magnitud registradas hasta la fecha, concentrando en conjunto aproximadamente el 82% del total de casos acumulados en toda la serie histórica.

Ya en marzo de 2024, ante ese mismo récord histórico, este blog4 advertía sobre el peso económico concreto de la epidemia: más del 70% del gasto en pacientes hospitalizados corresponde a atención médica directa, y el 80% del costo en pacientes ambulatorios es pérdida de productividad laboral y de cuidado familiar. Dos años después, esa estructura de costos sigue intacta. Lo que cambia, temporada a temporada, es solo la magnitud del brote — y la magnitud, como veremos, depende en gran medida de qué tan temprano se actúa.

La temporada 2024-2025 fue notablemente más leve: se registraron 17.964 casos confirmados de un total de 76.662 notificaciones, con la región Centro —especialmente Santa Fe y Córdoba— concentrando la mayoría. La temporada 2025-2026, que está en curso, muestra hasta ahora un escenario de bajo riesgo, con apenas decenas de casos confirmados a mitad de año5.

Ese patrón de altibajo no es tranquilizador: es exactamente el tipo de comportamiento epidémico que exige planificación constante, no solo reacción cuando los números explotan. Un año tranquilo no es garantía de nada para el siguiente. El propio informe oficial advierte que persiste la necesidad de mantener una vigilancia intensificada ante la posibilidad de circulación en áreas con condiciones sociodemográficas, ambientales y epidemiológicas favorables.

El calor extremo

Acá está el matiz que distingue este análisis de la queja genérica. Argentina no llega a este verano sin nada. El Sistema de Alerta Temprana por Olas de Calor y Salud (SAT-OCS)6, desarrollado por el Servicio Meteorológico Nacional junto con el Ministerio de Salud de la Nación, clasifica el riesgo en alertas amarilla, naranja y roja según percentiles históricos de temperatura calculados para cada localidad. Es un sistema técnicamente serio, construido sobre una investigación epidemiológica rigurosa: un estudio sobre la mortalidad durante el semestre cálido 2013-2014 en el centro y norte del país, que evidenció un aumento significativo de la mortalidad durante las olas de calor, fue la base científica para el diseño del sistema.

El problema, entonces, no es la ausencia de alerta. Es lo que ocurre —o no ocurre— después de que la alerta se emite. Especialistas coinciden en que la mayoría de las muertes asociadas a olas de calor son evitables si se adoptan políticas con medidas urgentes de prevención: protocolos específicos para hospitales, escuelas y residencias de adultos mayores, y coordinación eficaz ante emergencias. El sistema de alerta meteorológica está consolidado. El sistema de respuesta sanitaria coordinada, escalable y con protocolos obligatorios en cada efector, todavía no

La comparación con Francia es instructiva en este punto preciso. En Francia, cada color de alerta activa un plan particular y los departamentos entran en estado de emergencia a partir del nivel naranja: se abren espacios designados para refrescarse, aumentan los controles sobre personas en situación de calle, y en el nivel rojo el Gobierno nacional interviene directamente con poderes especiales para cerrar eventos e instalaciones. No es solo que avisan. Es que la alerta dispara una cadena de acciones obligatorias y preestablecidas. En Argentina, la alerta del SAT-OCS informa el riesgo; la traducción de ese riesgo en protocolos hospitalarios obligatorios, refuerzo de guardias y dispositivos comunitarios para población vulnerable depende en gran medida de la gestión de cada jurisdicción, sin un mandato nacional uniforme y vinculante.

Lo que cuesta no cerrar ese círculo

El costo de esta brecha entre alerta y acción coordinada no es abstracto. Cada enero, las guardias de los hospitales públicos argentinos reciben una demanda de golpe de calor, deshidratación y descompensación cardiovascular en adultos mayores que es, en gran medida, previsible con semanas de anticipación gracias al propio pronóstico estacional del Servicio Meteorológico Nacional. Lo mismo ocurre con el dengue: la curva de casos sigue un patrón estacional conocido, y la fumigación, el descacharrado y la comunicación preventiva son más eficaces y más baratos en julio que en febrero, cuando el mosquito ya está instalado.

Cada recurso destinado a una respuesta de emergencia mal planificada es, en términos de economía de la salud, un recurso que se gastó peor de lo que pudo haberse gastado. No es que falte dinero o que falte ciencia. Es que el puente entre el dato meteorológico y epidemiológico, por un lado, y la acción sanitaria coordinada, por el otro, todavía tiene tramos sin construir.

Una propuesta concreta

En lugar de cerrar con una crítica, vale la pena proponer algo construible con los recursos que ya existen.

Argentina tiene el SAT-OCS, tiene el Boletín Epidemiológico Nacional con seguimiento semanal de dengue, y tiene una red de hospitales públicos con capacidad de planificación si se les da el mandato y el tiempo de anticipación adecuados. Lo que falta es un protocolo único, nacional (o provincial) y obligatorio que conecte automáticamente cada nivel de alerta del SAT-OCS con acciones concretas y escalonadas en los efectores de salud: refuerzo de guardia a partir de alerta naranja, activación de dispositivos de hidratación y control en residencias de adultos mayores a partir de ese mismo nivel, y comunicación preventiva de dengue sincronizada con el inicio del pronóstico estacional de octubre, no con la aparición de los primeros casos en enero.

Ese protocolo no requiere presupuesto adicional significativo: requiere que la información que el Estado argentino ya produce con rigor científico —la del SMN y la del Ministerio de Salud— se traduzca en un mandato de acción tan automático como lo es hoy la emisión de la alerta misma. Francia no tiene mejor clima que Argentina ni mejor ciencia meteorológica. Tiene, después de su propia tragedia, un puente mejor construido entre el dato y la decisión.

Argentina todavía puede construir ese puente sin esperar la tragedia propia.


  1. Infobae. Francia registra su día más caluroso desde que existen datos y la ola de calor deja al menos 40 muertos por ahogamiento. 23 de junio de 2026. ↩︎
  2. Euronews. La huella que dejó en Francia la letal ola de calor de 2003. Agosto 2024. ↩︎
  3. Situación epidemiológica del dengue en las Américas A la semana epidemiológica 50, 2024 ↩︎
  4. https://economiaygestiondelasalud.finance.blog/2024/03/18/dengue-nuevo-record-impacto-economico-y-social/ ↩︎
  5. Evolución detallada de los datos y los boletines oficiales en el portal del Ministerio de Salud de la Nación. ↩︎
  6. Sistema de Alerta Temprana por Olas de Calor y Salud (SAT-OCS) ↩︎

Publicado por Ariel Mario Goldman

Director General de Administración. Hospital Zubizarreta. CABA Profesor universitario (UBA/ISALUD/FAVALORO/UADE)

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