En 2020, la telemedicina argentina vivió su momento más espectacular y, paradójicamente, menos representativo de lo que vendría después. En el Hospital Italiano de Buenos Aires1, un sistema que hasta entonces había avanzado de manera lenta y escalonada llegó a realizar más de 4.000 teleconsultas diarias casi de un día para el otro. En Medifé2, una de las principales aseguradoras de salud del país, las teleconsultas pasaron de niveles marginales a 132.142 consultas analizadas en poco más de un año, con un incremento del 515% en el primer trimestre de 2021 respecto al año anterior.
Cinco años después, la pregunta que el sector se hace NO es si la telemedicina funcionó durante la emergencia. Es otra, más incómoda: ¿logró convertirse en una pieza estructural del sistema de salud argentino, o quedó relegada a un recurso de emergencia que se activa y desactiva según la coyuntura?

El pico, la meseta y lo que el dato no siempre cuenta
Un estudio del Hospital Italiano3 comparó las consultas ambulatorias programadas antes y durante la pandemia: las consultas presenciales cayeron un 70%, de 76.375 en 2019 a 23.200 en el mismo período de 2020, mientras las teleconsultas crecieron de 255 en la semana 13 a 1.089 en las semanas siguientes. Es el patrón que se repitió, con variaciones, en instituciones de todo el país: una sustitución masiva y abrupta de la presencialidad por la virtualidad mientras duró la emergencia sanitaria.
Argentina fue uno de los primeros adoptantes de la telemedicina en la región. En 2019, antes de la pandemia, el 26% de los hospitales del país ya reportaba ofrecer algún servicio de telemedicina a sus pacientes. Eso desmiente la idea de que la telemedicina argentina nació en marzo de 2020. Lo que la pandemia hizo fue acelerar de manera artificial una curva de adopción que ya estaba en marcha — y la pregunta es qué parte de esa aceleración sobrevivió una vez que la urgencia se disipó.
A más de cinco años del pico sanitario, la respuesta, según la evidencia disponible, es ambivalente: ni el colapso que algunos temían ni la transformación total que otros prometieron.
Telemedicina de catedral, no de sistema
El patrón más revelador no es temporal sino institucional. La telemedicina argentina no se consolidó de manera pareja: se consolidó donde había una institución con capacidad tecnológica e historia clínica electrónica integrada para sostenerla, y se diluyó donde esas condiciones no existían.
En el Hospital Italiano de Buenos Aires, cuyo programa de telemedicina había comenzado ya en 2017, las teleconsultas pasaron de 1.000 en 2018 a 4.000 en 2019 —un crecimiento orgánico, previo a cualquier emergencia— antes de explotar durante la pandemia. Actores como ese hospital desarrollaron plataformas propias de teleconsulta integradas con historias clínicas digitales, lo que les permitió escalar el servicio con mayor eficiencia que el resto del sistema.
Ese es el patrón que se repite en los pocos casos de éxito sostenido: la telemedicina funciona y persiste donde una institución fuerte —con inversión propia en plataforma, historia clínica electrónica y cultura digital previa— decide sostenerla como política institucional. Fuera de esos núcleos, la experiencia fue mucho más desigual.
Las barreras que la pandemia no resolvió
Uno de los principales desafíos para la consolidación de la telemedicina en Argentina es el marco regulatorio. Si bien durante la pandemia se flexibilizaron normas para facilitar su uso, aún existen vacíos en aspectos clave.
Argentina tiene un marco legal: existe desde 2018 una Estrategia Nacional de Salud Digital y desde 2019 un Plan Nacional de Telesalud, además de la Ley 27.553 que habilita la prescripción y dispensación de medicamentos por medios electrónicos. El problema no es la ausencia de norma nacional, sino su implementación desigual: cada provincia adhirió a su propio ritmo y con sus propias variantes. Por ejemplo, Mendoza implementó la Ley 9318 y posteriormente la modificación por la Ley 9780 y La Rioja tiene Ley sobre teleasistencia. De esta manera, se ha generando un mosaico normativo que dificulta la interoperabilidad entre sistemas.
La conectividad desigual agrava el problema. La efectividad de la telemedicina depende directamente de la calidad de la conectividad y del acceso a dispositivos. En zonas rurales o barrios vulnerables, estas condiciones no siempre están garantizadas, generando una paradoja: una herramienta diseñada para ampliar el acceso puede, en ciertos contextos, profundizar las desigualdades existentes.
La experiencia clínica directa confirma esa brecha en el día a día4. Profesionales de atención primaria en CABA describieron dificultades constantes para sostener la comunicación dentro de las plataformas oficiales —problemas de conexión a internet, fallas de infraestructura institucional, falta de dispositivos adecuados— que los obligaban a recurrir a canales alternativos como el teléfono, WhatsApp o Zoom para poder completar la consulta. Es decir: incluso en la capital del país, con mejor conectividad relativa que el resto del territorio, la plataforma «oficial» de telemedicina muchas veces era solo el punto de entrada antes de migrar a herramientas de mensajería de uso general.
Lo que sí se consolidó
No todo el balance es negativo. El servicio de telemedicina demostró alta efectividad en consultas finalizadas y en satisfacción del paciente, garantizando atención rápida, ampliando horarios y reduciendo trámites; con un aporte adicional documentado durante la pandemia: permitió categorizar casos sospechosos de COVID-19 para reducir las visitas innecesarias a las guardias.
La modalidad también modificó el patrón de quién consulta: aumentó la frecuencia de consultas de hombres, adolescentes y adultos jóvenes —grupos históricamente menos propensos a consultar al médico presencialmente— mientras disminuyeron las consultas de personas mayores, que enfrentan mayores barreras de adopción tecnológica. Es un dato ambivalente: la telemedicina amplió el acceso para algunos grupos mientras lo redujo, relativamente, para otros que ya eran más vulnerables.
La evidencia científica internacional respalda la efectividad de la modalidad en condiciones específicas: un estudio publicado en The Lancet5 concluyó que la telemedicina es tan eficaz como la atención presencial para enfermedades crónicas como la diabetes y la hipertensión, y la revista JAMA Internal Medicine6 documentó resultados similares para el tratamiento de la depresión. El seguimiento de crónicos y la salud mental parecen ser, también en la experiencia argentina, los terrenos donde la modalidad demuestra mayor valor sostenido.
El costo de no cerrar el círculo
Desde la economía de la salud, la pregunta relevante no es si la telemedicina «funciona» —la evidencia dice que sí, en los casos de uso correctos— sino cuánto cuesta no haberla consolidado como política de sistema.
El consenso entre especialistas apunta a un modelo mixto, donde la telemedicina complemente pero no reemplace la atención presencial. Ese modelo mixto, sin embargo, requiere exactamente lo que Argentina todavía no terminó de construir: un marco de reembolso uniforme entre financiadores, interoperabilidad real entre las historias clínicas electrónicas de cada jurisdicción y cada institución, y conectividad de base garantizada en todo el territorio.
Sin esas tres piezas, cada institución sigue resolviendo el problema por su cuenta —como hizo el Hospital Italiano con inversión propia— mientras el resto del sistema queda dependiendo de la improvisación con WhatsApp y Zoom que describían los propios médicos de atención primaria durante la pandemia. Esa improvisación, sostenida en el tiempo, tiene un costo silencioso: pacientes del interior que vuelven a viajar para consultas que podrían resolverse a distancia, guardias que reciben demanda evitable porque el seguimiento remoto de crónicos no llegó a su zona, y un sistema de información en salud que sigue fragmentado entre veinticuatro jurisdicciones que legislan cada una a su ritmo.
El cierre
La telemedicina argentina no fracasó. Demostró, con evidencia sólida, que puede ser tan efectiva como la consulta presencial para un conjunto importante de problemas de salud. Lo que no logró, cinco años después de su pico de adopción forzada, es deja de depender de la voluntad y la inversión de cada institución individual para convertirse en una política de sistema con reglas comunes, financiamiento previsible y alcance territorial parejo.
La pandemia demostró que el cambio de comportamiento es posible cuando la urgencia lo exige. El desafío pendiente es sostener ese cambio sin necesitar una nueva emergencia que lo justifique.
- Herrera A.G. et al. Mayor uso de teleconsultas programadas y mensajería asíncrónica del portal en atención primaria. Revista del Hospital Italiano de Buenos Aires, 43(4), 2024: 174-180. ↩︎
- Telemedicina en seguros de salud durante la pandemia de la COVID-19. 2022. ↩︎
- Innova / Hospital Italiano. La Telemedicina: antes y después de la pandemia. ↩︎
- Salud Colectiva. Alcances y limitaciones de la teleconsulta en pandemia de covid-19: relatos de profesionales de la salud del primer nivel de atención de CABA. 2024. ↩︎
- Teleconsultation on patients with type 2 diabetes in the Brazilian public health system: a randomised, pragmatic, open-label, phase 2, non-inferiority trial (TELECONSULTA diabetes trial) ↩︎
- Dahne J, Wahlquist AE, Carpenter MJ, et al. A Digital Depression Treatment Program for Adults Treated in Primary Care: A Randomized Clinical Trial. JAMA Intern Med. 2025;185(6):692–701. doi:10.1001/jamainternmed.2025.0494 ↩︎
