Hay un ejercicio imaginario que vale la pena hacer sobre el Mundial de fútbol: ¿Qué pasaría si, en lugar de jugarse a los goles, el torneo se decidiera por la esperanza de vida de cada país? Tomando los datos oficiales de la OMS y los grupos reales del sorteo 2026, ese ejercicio tiene un resultado nítido. Japón gana todos sus partidos sin sobresaltos —84,04 años de esperanza de vida (2024)1, el valor más alto de las 48 selecciones— y se consagra campeón en la final ante Suecia (83,8). Argentina, en cambio, queda eliminada en dieciseisavos frente a Suiza; Brasil ni pasa de octavos; y Uruguay no logra clasificar entre los mejores terceros. Las tres potencias futbolísticas más laureadas del Río de la Plata, que acumulan diez títulos mundiales entre las tres, no pasan de la segunda ronda cuando el criterio de victoria es cuánto vive la gente que cada selección representa.
El resultado no es una rareza estadística de un año particular. Japón lleva décadas siendo, de manera sostenida, el país con mayor esperanza de vida del planeta. La pregunta que ese ejercicio deja abierta —y que vale la pena responder en serio, más allá del juego— es por qué.
Una ventaja que no es de un año
La esperanza de vida en Japón alcanza hoy los 87,13 años para las mujeres y los 81,09 años para los hombres, ubicando al archipiélago a la cabeza de los países más longevos del mundo. Japón se sitúa en primera posición desde 1965, muy seguido por España con una esperanza media de 83,33 años. No es un pico reciente: la esperanza de vida japonesa ha aumentado de manera casi constante desde 1947, cuando era de 54 años para las mujeres y 50 para los hombres, poco después de la Segunda Guerra Mundial.
El país registra además una media de 80,58 centenarios por cada 100.000 habitantes2, una cifra que crece año a año. En 1963 contaba solo 153 centenarios; en 1981 superó los mil, y en 1998 los 10.000. Hoy esa cifra se aproxima a los 100.000. Argentina, para dar la magnitud de la brecha, tiene una esperanza de vida que ronda los 77,54 años3 — una diferencia de más de seis años de vida promedio. Es exactamente esa diferencia la que, en el ejercicio del Mundial paralelo, deja a la Albiceleste fuera de los puestos de privilegio.
Lo que Japón hace distinto
Craig Willcox4, profesor de salud pública que estudió extensamente la longevidad en Okinawa, sostiene que aproximadamente dos tercios de la longevidad están vinculados a la dieta y el estilo de vida, mientras que el resto se atribuye a factores genéticos. Esa proporción es la que vuelve al caso japonés interesante para la política pública: la mayor parte de la ventaja no es genética. Es comportamental e institucional — y eso significa que, en principio, es replicable.
La dieta de Okinawa se fundamenta en alimentos de elevado valor nutricional, donde destaca el pescado, que se consume al menos tres veces por semana, además de cinco porciones diarias de frutas y verduras como boniatos, melón amargo y algas. A diferencia del resto de Japón, en Okinawa el consumo de arroz es limitado y prioriza los vegetales y los productos derivados de la soja. La dieta japonesa tradicional —rica en pescado, soja, verduras, té verde y baja en grasas saturadas— ha sido vinculada con menores tasas de enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer.
El segundo factor es el sistema de salud5. Japón cuenta con un sistema de seguro de atención médica universal que proporciona igualdad de acceso relativa, con tarifas establecidas por un comité gubernamental. La ley exige que todos los residentes tengan cobertura de seguro médico. El financiamiento proviene de impuestos (42%), contribuciones individuales obligatorias (42%) y cargas directas (14%), con un tope en la tasa de cotización de alrededor del 10% del salario. A diferencia de otros países desarrollados, Japón reguló estrictamente la industria de la salud para controlar costos, mientras países como Estados Unidos permitieron que los costos aumentaran sin control.
El tercer factor, menos conocido fuera de Japón, es la prevención obligatoria llevada a un extremo que en Occidente generaría debate inmediato. Desde 2008 existe la llamada Ley Metabo6, que obliga a medir anualmente la cintura de los trabajadores de entre 40 y 74 años para combatir la obesidad y reducir los costos sanitarios asociados. Los límites son claros: los hombres no deben superar los 85 centímetros de circunferencia abdominal, las mujeres 90. Quienes exceden esas medidas reciben una advertencia y deben participar en un plan de tres meses con sesiones obligatorias de orientación sobre hábitos saludables.
Esa ley forma parte de un programa más amplio, Salud Japón 21, que incluye educación alimentaria supervisada por nutricionistas en las escuelas y la promoción activa de la caminata y el ciclismo como estilo de vida cotidiano. Japón es, como resultado, el país desarrollado con menores índices de sobrepeso — y ese dato no es independiente de su esperanza de vida: el sobrepeso y la obesidad son factores de riesgo directos para las enfermedades metabólicas que terminan recortando años de vida y disparando el gasto sanitario.
Lo que no es trasladable sin más
La honestidad metodológica exige una aclaración antes de cualquier entusiasmo. No todo en el caso japonés es exportable sin matices. Cuando investigadores compararon a habitantes de Okinawa con quienes habían emigrado fuera de la isla modificando sus hábitos de vida, encontraron que la esperanza de vida de los emigrados no solo había bajado, sino que su calidad de vida era considerablemente menor — confirmando que el efecto depende del entorno y el estilo de vida sostenido, no de la genética poblacional. Eso es alentador para la trasladabilidad de la receta, pero también advierte que copiar un plato de pescado a la carta no alcanza: lo que funciona es el ecosistema completo —dieta, movimiento, prevención institucionalizada— sostenido durante décadas.
Tampoco Japón es homogéneo internamente: la región de Tōhoku tiene un elevado consumo de sal y menor esperanza de vida, agravado por la despoblación que limita el transporte público y debilita el sistema de prestación médica. Los barrios con trabajadores de empleo inestable y sin prestaciones sociales adecuadas también muestran peor desempeño en longevidad. Es decir: incluso dentro del país campeón mundial de la longevidad, las mismas variables que la economía de la salud reconoce en cualquier parte del mundo —ingreso, estabilidad laboral, acceso real a servicios— siguen determinando quién vive más y quién vive menos7.
La longevidad japonesa tiene además un costo social y económico que no conviene idealizar: a medida que aumentan los centenarios y se amplía la franja de población mayor, el país enfrenta presiones crecientes sobre pensiones, atención de larga duración y gastos sanitarios, mientras la caída de la población activa complica la financiación de esos servicios a mediano plazo. Vivir más no resuelve, por sí solo, el problema de cómo financiar esa vida más larga.
Lo que sí podría adaptarse
Hecha esa salvedad, hay al menos tres elementos del modelo japonés que Argentina podría adaptar sin necesitar ni su PBI ni su cultura milenaria.
El primero es la prevención poblacional sistemática, no la ley específica de la cintura —que generaría, con razón, un debate intenso sobre estigmatización corporal en cualquier país occidental— sino la lógica de fondo: chequeos preventivos periódicos y universales, integrados al sistema de salud como rutina y no como excepción, con seguimiento real de los resultados.
El segundo es la educación alimentaria escolar supervisada, replicando el modelo de menús escolares diseñados con criterio nutricional y no solo de costo, como ya hace el programa japonés desde la infancia.
El tercero es el diseño urbano que promueve el movimiento cotidiano —caminata, transporte público accesible, ciclismo— como política de salud pública y no solo de movilidad, entendiendo que cada cuadra caminada en lugar de conducida es, en términos de economía de la salud, prevención gratuita.

El otro Mundial
Japón no necesita ganar el Mundial de fútbol real para ser, en los hechos, el campeón de un torneo mucho más relevante para la vida cotidiana de su gente: el de vivir más años, y vivirlos con mejor salud. La pregunta que la economía de la salud le deja a Argentina no es cuándo vamos a salir campeones del mundo en la cancha —eso, como sabemos, ya ocurrió varias veces. Es cuándo vamos a empezar a jugar en serio ese otro torneo, el que no se decide en penales ni se festeja con un Obelisco, pero que determina, año tras año, cuántas primaveras más tiene cada uno de nosotros para disfrutar.
- Japón – Esperanza de vida al nacer ↩︎
- Infobae. Crecimiento de centenarios en Japón: casi 100.000 habitantes superan los cien años. Septiembre 2025. ↩︎
- Argentina – Esperanza de vida al nacer ↩︎
- Ámbito. Por qué Japón es uno de los países con mayor esperanza de vida, según los especialistas. Septiembre 2025. ↩︎
- Apolo. ¿Cómo funciona el sistema de salud en Japón? ↩︎
- La ley Metabo de Japón: cómo mide la cintura para frenar la obesidad. Enero 2026. ↩︎
- Nippon.com La esperanza de vida en las distintas regiones de Japón, un reflejo de la brecha sanitaria ↩︎
