La salud como estrategia: el Ejército de los Andes, 1816

Mientras los treinta y un diputados del Congreso de Tucumán deliberaban, protegidos por las bayonetas del Ejército del Norte, sobre la conveniencia y la fecha de declarar la independencia, a casi mil kilómetros de distancia, en Mendoza, un general se ocupaba de un problema que ningún historiador militar discutía entonces con la seriedad que merecía: la salud de sus soldados.

En 1810, como ya contamos en este blog1, la salud de Buenos Aires era un problema de pobreza urbana, de hacinamiento y de ausencia casi total de sistema médico organizado. En 1816, el problema sanitario que define la época es otro: el de un ejército que debía atravesar la cordillera más alta de América para llevar la libertad a Chile y al Perú, sin perder a sus hombres antes de la primera batalla.

Lo que San Martín entendió antes que la mayoría

Según la documentación revisada2 3 4 5, San Martín consideraba que la salud de sus soldados era «la poderosa máquina que, bien dirigida, puede dar el triunfo». No es una frase retórica. Es, en términos actuales, una declaración de política sanitaria como variable estratégica — algo que cualquier economista de la salud reconocería de inmediato como gestión de riesgo aplicada a un objetivo militar.

En Mendoza, San Martín encontró que solo existía el hospital de San Antonio, administrado por frailes betlemitas desde 1763, y lo consideró insuficiente para «asistir la multitud de enfermos, que la acuden». En noviembre de 1815 decidió establecer un nuevo Hospital Militar, pidiendo al cabildo veinte catres, treinta colchones y almohadas rellenas con lana o, en su defecto, con paja.

«San Martín también implementó medidas de sanidad estrictas y organizó la alimentación de sus tropas de manera meticulosa. La dieta del ejército incluía alimentos que, aunque simples, eran suficientes para mantener la energía y la salud de los soldados. La comparativa con los estándares modernos muestra que, aunque rudimentarios, los enfoques de San Martín en nutrición y sanidad eran avanzados para su época»

Extracto del artículo «La medicina en el ejército de Los Andes» del Dr. Francisco A. https://ama-med.org.ar/revista/descargacontenido/258

La escasez de recursos no era una excusa para resignar calidad de atención. En septiembre de 1816, San Martín nombró a James Paroissien — un inglés que había llegado al Río de la Plata en 1807 como parte de la fracasada invasión británica y terminó sumándose a la causa revolucionaria — como cirujano mayor del ejército, con Juan Isidro Zapata como su segundo. Reclutar al mejor profesional disponible, sin importar su origen ni su pasado, fue una decisión tan estratégica como cualquier movimiento de tropas.

El cuerpo sanitario que San Martín sumó a la campaña estaba conformado por cirujanos, ayudantes, médicos y boticarios. En 1815, el general junto con su cuerpo médico envió al Instituto Médico Militar una lista de 103 tipos de medicamentos diferentes y más de 70 tipos de insumos médicos necesarios para la expedición. Para una campaña de apenas 5.423 personas, esa es una proporción de planificación sanitaria notable para la época — y notablemente moderna en su lógica.

Las enfermedades de la cordillera

Durante el cruce de la cordillera en enero de 1817, las condiciones ambientales extremas y la falta de recursos presentaron grandes desafíos. Las enfermedades más comunes fueron la disentería, el escorbuto y las infecciones respiratorias, todas exacerbadas por el frío extremo y la altitud. Los síntomas que sufrían los soldados iban desde la fatiga y la falta de oxígeno por la altura hasta la sequedad de piel y mucosas por el frío extremo.

El botiquín de campaña refleja el estado del conocimiento médico de la época, todavía décadas antes de la antisepsia y la anestesia moderna: se usaba alcanfor como excitante respiratorio para las cefaleas, azufre como laxante, té de membrillo para cortar la diarrea, opio y morfina como analgésicos y para conciliar el sueño, ipecacuana como expectorante y quinina para la fiebre alta.

Las amputaciones —inevitables en un ejército en campaña, sin anestesia ni asepsia tal como las entendemos hoy— seguían un protocolo desarrollado en Europa: la técnica del cono de base externa y vértice interno, popularizada por Larrey, el cirujano del propio ejército de Napoleón, consistía en un corte de tres niveles —piel, músculo y hueso— que se realizaba en un tiempo aproximado de cinco minutos. La velocidad no era un detalle menor: era, en ausencia de anestesia, la única forma de reducir el sufrimiento y el shock del paciente.

Lo que el resultado confirma

Muchos soldados murieron en batalla, principalmente durante Cancha Rayada, la única derrota del Ejército de los Andes. Otros fallecieron por problemas cardíacos o por las grandes alturas. Más allá de esas pérdidas, los historiadores destacan que la campaña sanitaria fue decisiva: sin ella, la campaña militar hubiese fracasado.

Es una conclusión que vale la pena subrayar desde la economía de la salud: la victoria de Chacabuco, que marcó el comienzo de la liberación de Chile, no se explica solo por la estrategia militar de San Martín. Se explica también por una decisión de inversión sanitaria sostenida durante casi dos años — el hospital de Mendoza, el botiquín reclamado con insistencia al Instituto Médico Militar, el cirujano mayor reclutado meses antes del cruce — que convirtió la salud de la tropa en un activo protegido, no en un gasto postergable.

El cierre: una lección de gestión, no solo de historia

Doscientos diez años después, la pregunta que el episodio deja flotando no es solo histórica. Es de gestión sanitaria pura. San Martín no tenía antibióticos, no tenía anestesia general, no tenía la menor idea de la existencia de los microorganismos que causaban la disentería que diezmaba a sus hombres. Y aun así, entendió algo que muchas organizaciones modernas —empresariales, deportivas, estatales— tardan en comprender: que la salud de quienes deben ejecutar un objetivo no es un costo accesorio del plan. Es la condición de posibilidad del plan mismo.

El Ejército de los Andes cruzó la cordillera y ganó en Chacabuco porque, antes de la primera batalla, alguien se preocupó en serio por el catre, el colchón, el botiquín y el cirujano. Esa lógica —invertir en salud antes de necesitarla, no después— sigue siendo, dos siglos más tarde, la diferencia entre planificar y improvisar.


  1. Goldman, A.M. La salud en épocas de revolución (mayo 1810). Econsalud ↩︎
  2. Abalos E, Vietto V, Garrote V. El cuidado de la salud del Ejército de los Andes del general San Martín. Rev Hosp Ital B.Aires [Internet]. 2018 Jun. 30 [cited 2026 Jun. 24];38(2):70-7. ↩︎
  3. San Juan al Mundo. La medicina en el Ejército de Los Andes. ↩︎
  4. Los Andes. El hospital del Ejército ↩︎
  5. Agencia de Noticias Científicas UNQ. El cruce de Los Andes: ¿Cómo cuidaba San Martín la salud de sus soldados? ↩︎

Publicado por Ariel Mario Goldman

Director General de Administración. Hospital Zubizarreta. CABA Profesor universitario (UBA/ISALUD/FAVALORO/UADE)

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