Hay una escena que se repite en distintos hospitales de Argentina. Un grupo de personas entra a las salas de internación con narices rojas, instrumentos musicales y una ética muy precisa: nunca hacer sentir mal a quien está del otro lado. Son los Payamédicos — médicos, psicólogos, actores — y lo que hacen tiene un nombre científico, una evidencia creciente y, curiosamente (o no), todavía escasa financiación pública en Argentina.
La pregunta que vale la pena hacerse no es si la risa hace bien. Eso ya está documentado. La pregunta es por qué la medicina tardó tanto en tomarse en serio algo que cualquier paciente internado sabía antes que los ensayos clínicos: que una carcajada en una sala de internación cambia algo que ningún fármaco cambia de la misma manera.
La ciencia que estudia la risa
La gelotología es la disciplina científica que estudia los efectos de la risa en el cuerpo y la mente. Investigaciones desde los años 60 demuestran que reír libera endorfinas, reduce el cortisol y mejora la circulación y el sistema inmune.1
A nivel cerebral, el mecanismo es preciso. Cuando reímos se activan distintas áreas: detectamos lo inesperado en la corteza prefrontal, evaluamos si es inofensivo con ayuda de la unión temporo-occipital, y luego se activan zonas ligadas a la recompensa como el núcleo accumbens y la amígdala. El cerebro, en otras palabras, trata la risa como una recompensa. Las recompensas tienen efectos fisiológicos medibles.
Además, cuando una persona ríe se activan varios músculos del cuerpo, se liberan neurotransmisores y hormonas como la serotonina, oxitocina, endorfinas y dopamina, que juegan papeles importantes en el estado de ánimo y podrían reducir la probabilidad de sufrir problemas cardiovasculares.
Lo que es más relevante desde una perspectiva sanitaria: un estudio de la Universidad de Jaén2 analizó las experiencias de más de dos mil personas adultas durante más de treinta años y en diferentes contextos, concluyendo que la risa colectiva reduce el estrés, crea un sentido de pertenencia y permite resignificar las dificultades desde una perspectiva más optimista.
En los dos artículos anteriores que escribí sobre humor en este blog trabajé dos dimensiones distintas: el humor como herramienta de crítica social — Humor que hace pensar — y los límites del humor como forma de expresión — Seguimos con humor; a propósito de Will Smith. Ambos ángulos parten del humor como fenómeno cultural. Este artículo parte de otro lugar: el humor como intervención terapéutica con evidencia clínica.
La distinción importa porque cambia quién es el responsable de incorporarlo. Si el humor es cultura, es un problema de comunicación y de valores sociales. Si el humor es intervención clínica, es un problema de política sanitaria, de financiamiento y de gestión hospitalaria.
El uso del humor no solo aporta beneficios para los pacientes sino también es un mecanismo que permite el afrontamiento y el manejo del estrés para los profesionales de salud, ya que proporciona aproximación y contacto con el paciente, relaja las tensiones inherentes a la tarea y torna más grato el trabajo clínico. Ese último punto es el menos visible y quizás el más importante: el humor en salud no es solo para el paciente. Es también para el equipo.

Payamédicos: el caso argentino
Argentina tiene una experiencia pionera y poco sistematizada en términos de política pública. Desde que Patch Adams instaló clandestinamente las narices de clown en las salas de internación pediátrica de hospitales estadounidenses en los años setenta, los payasos terapéuticos recorrieron un largo camino internacional. En Argentina ese camino tiene nombre propio: José Pellucchi, psiquiatra y fundador de Payamédicos3, una ONG que despliega humor terapéutico en hospitales públicos de todo el país.
La figura del payamédico fue ratificada como ley el 14 de mayo de 2015 en la Provincia de Buenos Aires4, incorporando a los clown doctors al equipo de salud. Es un reconocimiento legal relevante. Pero reconocimiento legal no es lo mismo que financiamiento sistemático ni que integración real al modelo de atención.
Los Payamédicos no son payasos para hacer show. No reparten golosinas. Son parte de un equipo profesional dentro del hospital y su actividad abarca todo servicio hospitalario, no solamente pediatría. Esa aclaración que los propios payamédicos repiten en cada presentación dice algo sobre el prejuicio que todavía enfrentan: el sistema de salud sigue asociando el humor con la frivolidad y no con la terapéutica.
«La principal virtud para ser un payamédico es la solidaridad. Y efectuarlo desde la alegría, la teatralidad. Al payamédico le gusta actuar y ser gracioso. De alguna manera es ejercer la solidaridad desde lo payaso —y agregará:— En todos lados pueden existir la alegría y el amor. La payamedicina tiene toda una ciencia que la respalda. Detrás de esto, que quizás simplemente se ve como un gesto gracioso, está el saber.»
José Pellucchi – Infocielo
La pregunta económica que el sistema no se hace
Un gestor hospitalario que quiera incorporar humor terapéutico a su institución enfrenta un problema concreto: no hay indicadores estandarizados que midan su impacto en términos que el sistema reconozca. No hay una línea presupuestaria. No hay un código de prestación. No hay un protocolo de evaluación de resultados equivalente al que existe para cualquier otra intervención.
Eso no significa que el impacto no exista. Significa que el sistema no lo mide. Por consiguiente, lo que no se mide no se financia, no se escala y no se institucionaliza.
Los beneficios potenciales desde una perspectiva económica son varios. Reducción del tiempo de internación en pacientes pediátricos — un día menos de internación en una cama de agudos tiene un costo evitado medible. Menor uso de ansiolíticos y sedantes en procedimientos ambulatorios donde la intervención de humor terapéutico puede reducir la ansiedad anticipatoria. Mejora del clima laboral del equipo de salud, con impacto en ausentismo y rotación — uno de los costos más subestimados en la gestión hospitalaria argentina. Mayor adherencia al tratamiento: un paciente que vive la institución como un espacio con humanidad tiene más chances de volver cuando necesita.
Nada de esto requiere grandes inversiones. Payamédicos opera fundamentalmente con voluntarios y financiamiento no gubernamental. Lo que requiere es que el sistema decida que eso importa — y lo mida en consecuencia.
Lo que la bicicleta, Will Smith y los payamédicos tienen en común
En 2022 escribí sobre una imagen que circulaba en redes: la bicicleta como amenaza al planeta, el sarcasmo como espejo de las contradicciones del sistema. Unos días después, Will Smith le pegó una bofetada a Chris Rock en los Oscar y escribí sobre los límites del humor. En ambos casos, el humor era el punto de partida para pensar algo más profundo sobre la salud colectiva.
Este artículo cierra esa trilogía desde un ángulo diferente: el humor no como crítica ni como límite, sino como intervención. No como metáfora, sino como herramienta clínica con evidencia, con costo-efectividad potencial y con una experiencia argentina que vale la pena sistematizar.
El sistema de salud argentino sabe medir camas, egresos, costos por diagnóstico y tiempos de espera. Todavía no aprendió a medir cuánto vale una carcajada en una sala de internación. Esa brecha no es anecdótica. Es un problema de gestión.
- Losada, A.V. y Lacasta, M. Sentido del Humor y sus Beneficios en Salud. Calidad de Vida y Salud, Vol. 12, N°1, 2019. ↩︎
- Porras-Jiménez, YM., Pancorbo-Hidalgo, P.L., López-Medina, I.M. et al. El papel de la terapia de la risa en adultos: satisfacción vital y control de la ansiedad. Una revisión sistemática con metaanálisis. J Happiness Stud 26, 99 (2025). ↩︎
- Payamédicos ↩︎
- Payamédicos. El payaso de hospital: nuevo campo disciplinar para la investigación psicológico-teatral. AACADEMICA, 2015. ↩︎
