La salud como estrategia: el Ejército de los Andes, 1816

Mientras los treinta y un diputados del Congreso de Tucumán deliberaban, protegidos por las bayonetas del Ejército del Norte, sobre la conveniencia y la fecha de declarar la independencia, a casi mil kilómetros de distancia, en Mendoza, un general se ocupaba de un problema que ningún historiador militar discutía entonces con la seriedad que merecía: la salud de sus soldados.

En 1810, como ya contamos en este blog1, la salud de Buenos Aires era un problema de pobreza urbana, de hacinamiento y de ausencia casi total de sistema médico organizado. En 1816, el problema sanitario que define la época es otro: el de un ejército que debía atravesar la cordillera más alta de América para llevar la libertad a Chile y al Perú, sin perder a sus hombres antes de la primera batalla.

Lo que San Martín entendió antes que la mayoría

Según la documentación revisada2 3 4 5, San Martín consideraba que la salud de sus soldados era «la poderosa máquina que, bien dirigida, puede dar el triunfo». No es una frase retórica. Es, en términos actuales, una declaración de política sanitaria como variable estratégica — algo que cualquier economista de la salud reconocería de inmediato como gestión de riesgo aplicada a un objetivo militar.

En Mendoza, San Martín encontró que solo existía el hospital de San Antonio, administrado por frailes betlemitas desde 1763, y lo consideró insuficiente para «asistir la multitud de enfermos, que la acuden». En noviembre de 1815 decidió establecer un nuevo Hospital Militar, pidiendo al cabildo veinte catres, treinta colchones y almohadas rellenas con lana o, en su defecto, con paja.

«San Martín también implementó medidas de sanidad estrictas y organizó la alimentación de sus tropas de manera meticulosa. La dieta del ejército incluía alimentos que, aunque simples, eran suficientes para mantener la energía y la salud de los soldados. La comparativa con los estándares modernos muestra que, aunque rudimentarios, los enfoques de San Martín en nutrición y sanidad eran avanzados para su época»

Extracto del artículo «La medicina en el ejército de Los Andes» del Dr. Francisco A. https://ama-med.org.ar/revista/descargacontenido/258

La escasez de recursos no era una excusa para resignar calidad de atención. En septiembre de 1816, San Martín nombró a James Paroissien — un inglés que había llegado al Río de la Plata en 1807 como parte de la fracasada invasión británica y terminó sumándose a la causa revolucionaria — como cirujano mayor del ejército, con Juan Isidro Zapata como su segundo. Reclutar al mejor profesional disponible, sin importar su origen ni su pasado, fue una decisión tan estratégica como cualquier movimiento de tropas.

El cuerpo sanitario que San Martín sumó a la campaña estaba conformado por cirujanos, ayudantes, médicos y boticarios. En 1815, el general junto con su cuerpo médico envió al Instituto Médico Militar una lista de 103 tipos de medicamentos diferentes y más de 70 tipos de insumos médicos necesarios para la expedición. Para una campaña de apenas 5.423 personas, esa es una proporción de planificación sanitaria notable para la época — y notablemente moderna en su lógica.

Las enfermedades de la cordillera

Durante el cruce de la cordillera en enero de 1817, las condiciones ambientales extremas y la falta de recursos presentaron grandes desafíos. Las enfermedades más comunes fueron la disentería, el escorbuto y las infecciones respiratorias, todas exacerbadas por el frío extremo y la altitud. Los síntomas que sufrían los soldados iban desde la fatiga y la falta de oxígeno por la altura hasta la sequedad de piel y mucosas por el frío extremo.

El botiquín de campaña refleja el estado del conocimiento médico de la época, todavía décadas antes de la antisepsia y la anestesia moderna: se usaba alcanfor como excitante respiratorio para las cefaleas, azufre como laxante, té de membrillo para cortar la diarrea, opio y morfina como analgésicos y para conciliar el sueño, ipecacuana como expectorante y quinina para la fiebre alta.

Las amputaciones —inevitables en un ejército en campaña, sin anestesia ni asepsia tal como las entendemos hoy— seguían un protocolo desarrollado en Europa: la técnica del cono de base externa y vértice interno, popularizada por Larrey, el cirujano del propio ejército de Napoleón, consistía en un corte de tres niveles —piel, músculo y hueso— que se realizaba en un tiempo aproximado de cinco minutos. La velocidad no era un detalle menor: era, en ausencia de anestesia, la única forma de reducir el sufrimiento y el shock del paciente.

Lo que el resultado confirma

Muchos soldados murieron en batalla, principalmente durante Cancha Rayada, la única derrota del Ejército de los Andes. Otros fallecieron por problemas cardíacos o por las grandes alturas. Más allá de esas pérdidas, los historiadores destacan que la campaña sanitaria fue decisiva: sin ella, la campaña militar hubiese fracasado.

Es una conclusión que vale la pena subrayar desde la economía de la salud: la victoria de Chacabuco, que marcó el comienzo de la liberación de Chile, no se explica solo por la estrategia militar de San Martín. Se explica también por una decisión de inversión sanitaria sostenida durante casi dos años — el hospital de Mendoza, el botiquín reclamado con insistencia al Instituto Médico Militar, el cirujano mayor reclutado meses antes del cruce — que convirtió la salud de la tropa en un activo protegido, no en un gasto postergable.

El cierre: una lección de gestión, no solo de historia

Doscientos diez años después, la pregunta que el episodio deja flotando no es solo histórica. Es de gestión sanitaria pura. San Martín no tenía antibióticos, no tenía anestesia general, no tenía la menor idea de la existencia de los microorganismos que causaban la disentería que diezmaba a sus hombres. Y aun así, entendió algo que muchas organizaciones modernas —empresariales, deportivas, estatales— tardan en comprender: que la salud de quienes deben ejecutar un objetivo no es un costo accesorio del plan. Es la condición de posibilidad del plan mismo.

El Ejército de los Andes cruzó la cordillera y ganó en Chacabuco porque, antes de la primera batalla, alguien se preocupó en serio por el catre, el colchón, el botiquín y el cirujano. Esa lógica —invertir en salud antes de necesitarla, no después— sigue siendo, dos siglos más tarde, la diferencia entre planificar y improvisar.


  1. Goldman, A.M. La salud en épocas de revolución (mayo 1810). Econsalud ↩︎
  2. Abalos E, Vietto V, Garrote V. El cuidado de la salud del Ejército de los Andes del general San Martín. Rev Hosp Ital B.Aires [Internet]. 2018 Jun. 30 [cited 2026 Jun. 24];38(2):70-7. ↩︎
  3. San Juan al Mundo. La medicina en el Ejército de Los Andes. ↩︎
  4. Los Andes. El hospital del Ejército ↩︎
  5. Agencia de Noticias Científicas UNQ. El cruce de Los Andes: ¿Cómo cuidaba San Martín la salud de sus soldados? ↩︎

¿Qué País Ganaría el Mundial por Esperanza de Vida? (Y que podemos copiar)

Hay un ejercicio imaginario que vale la pena hacer sobre el Mundial de fútbol: ¿Qué pasaría si, en lugar de jugarse a los goles, el torneo se decidiera por la esperanza de vida de cada país? Tomando los datos oficiales de la OMS y los grupos reales del sorteo 2026, ese ejercicio tiene un resultado nítido. Japón gana todos sus partidos sin sobresaltos —84,04 años de esperanza de vida (2024)1, el valor más alto de las 48 selecciones— y se consagra campeón en la final ante Suecia (83,8). Argentina, en cambio, queda eliminada en dieciseisavos frente a Suiza; Brasil ni pasa de octavos; y Uruguay no logra clasificar entre los mejores terceros. Las tres potencias futbolísticas más laureadas del Río de la Plata, que acumulan diez títulos mundiales entre las tres, no pasan de la segunda ronda cuando el criterio de victoria es cuánto vive la gente que cada selección representa.

El resultado no es una rareza estadística de un año particular. Japón lleva décadas siendo, de manera sostenida, el país con mayor esperanza de vida del planeta. La pregunta que ese ejercicio deja abierta —y que vale la pena responder en serio, más allá del juego— es por qué.

Una ventaja que no es de un año

La esperanza de vida en Japón alcanza hoy los 87,13 años para las mujeres y los 81,09 años para los hombres, ubicando al archipiélago a la cabeza de los países más longevos del mundo. Japón se sitúa en primera posición desde 1965, muy seguido por España con una esperanza media de 83,33 años. No es un pico reciente: la esperanza de vida japonesa ha aumentado de manera casi constante desde 1947, cuando era de 54 años para las mujeres y 50 para los hombres, poco después de la Segunda Guerra Mundial.

El país registra además una media de 80,58 centenarios por cada 100.000 habitantes2, una cifra que crece año a año. En 1963 contaba solo 153 centenarios; en 1981 superó los mil, y en 1998 los 10.000. Hoy esa cifra se aproxima a los 100.000. Argentina, para dar la magnitud de la brecha, tiene una esperanza de vida que ronda los 77,54 años3 — una diferencia de más de seis años de vida promedio. Es exactamente esa diferencia la que, en el ejercicio del Mundial paralelo, deja a la Albiceleste fuera de los puestos de privilegio.

Lo que Japón hace distinto

Craig Willcox4, profesor de salud pública que estudió extensamente la longevidad en Okinawa, sostiene que aproximadamente dos tercios de la longevidad están vinculados a la dieta y el estilo de vida, mientras que el resto se atribuye a factores genéticos. Esa proporción es la que vuelve al caso japonés interesante para la política pública: la mayor parte de la ventaja no es genética. Es comportamental e institucional — y eso significa que, en principio, es replicable.

La dieta de Okinawa se fundamenta en alimentos de elevado valor nutricional, donde destaca el pescado, que se consume al menos tres veces por semana, además de cinco porciones diarias de frutas y verduras como boniatos, melón amargo y algas. A diferencia del resto de Japón, en Okinawa el consumo de arroz es limitado y prioriza los vegetales y los productos derivados de la soja. La dieta japonesa tradicional —rica en pescado, soja, verduras, té verde y baja en grasas saturadas— ha sido vinculada con menores tasas de enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer.

El segundo factor es el sistema de salud5. Japón cuenta con un sistema de seguro de atención médica universal que proporciona igualdad de acceso relativa, con tarifas establecidas por un comité gubernamental. La ley exige que todos los residentes tengan cobertura de seguro médico. El financiamiento proviene de impuestos (42%), contribuciones individuales obligatorias (42%) y cargas directas (14%), con un tope en la tasa de cotización de alrededor del 10% del salario. A diferencia de otros países desarrollados, Japón reguló estrictamente la industria de la salud para controlar costos, mientras países como Estados Unidos permitieron que los costos aumentaran sin control.

El tercer factor, menos conocido fuera de Japón, es la prevención obligatoria llevada a un extremo que en Occidente generaría debate inmediato. Desde 2008 existe la llamada Ley Metabo6, que obliga a medir anualmente la cintura de los trabajadores de entre 40 y 74 años para combatir la obesidad y reducir los costos sanitarios asociados. Los límites son claros: los hombres no deben superar los 85 centímetros de circunferencia abdominal, las mujeres 90. Quienes exceden esas medidas reciben una advertencia y deben participar en un plan de tres meses con sesiones obligatorias de orientación sobre hábitos saludables.

Esa ley forma parte de un programa más amplio, Salud Japón 21, que incluye educación alimentaria supervisada por nutricionistas en las escuelas y la promoción activa de la caminata y el ciclismo como estilo de vida cotidiano. Japón es, como resultado, el país desarrollado con menores índices de sobrepeso — y ese dato no es independiente de su esperanza de vida: el sobrepeso y la obesidad son factores de riesgo directos para las enfermedades metabólicas que terminan recortando años de vida y disparando el gasto sanitario.

Lo que no es trasladable sin más

La honestidad metodológica exige una aclaración antes de cualquier entusiasmo. No todo en el caso japonés es exportable sin matices. Cuando investigadores compararon a habitantes de Okinawa con quienes habían emigrado fuera de la isla modificando sus hábitos de vida, encontraron que la esperanza de vida de los emigrados no solo había bajado, sino que su calidad de vida era considerablemente menor — confirmando que el efecto depende del entorno y el estilo de vida sostenido, no de la genética poblacional. Eso es alentador para la trasladabilidad de la receta, pero también advierte que copiar un plato de pescado a la carta no alcanza: lo que funciona es el ecosistema completo —dieta, movimiento, prevención institucionalizada— sostenido durante décadas.

Tampoco Japón es homogéneo internamente: la región de Tōhoku tiene un elevado consumo de sal y menor esperanza de vida, agravado por la despoblación que limita el transporte público y debilita el sistema de prestación médica. Los barrios con trabajadores de empleo inestable y sin prestaciones sociales adecuadas también muestran peor desempeño en longevidad. Es decir: incluso dentro del país campeón mundial de la longevidad, las mismas variables que la economía de la salud reconoce en cualquier parte del mundo —ingreso, estabilidad laboral, acceso real a servicios— siguen determinando quién vive más y quién vive menos7.

La longevidad japonesa tiene además un costo social y económico que no conviene idealizar: a medida que aumentan los centenarios y se amplía la franja de población mayor, el país enfrenta presiones crecientes sobre pensiones, atención de larga duración y gastos sanitarios, mientras la caída de la población activa complica la financiación de esos servicios a mediano plazo. Vivir más no resuelve, por sí solo, el problema de cómo financiar esa vida más larga.

Lo que sí podría adaptarse

Hecha esa salvedad, hay al menos tres elementos del modelo japonés que Argentina podría adaptar sin necesitar ni su PBI ni su cultura milenaria.

El primero es la prevención poblacional sistemática, no la ley específica de la cintura —que generaría, con razón, un debate intenso sobre estigmatización corporal en cualquier país occidental— sino la lógica de fondo: chequeos preventivos periódicos y universales, integrados al sistema de salud como rutina y no como excepción, con seguimiento real de los resultados.

El segundo es la educación alimentaria escolar supervisada, replicando el modelo de menús escolares diseñados con criterio nutricional y no solo de costo, como ya hace el programa japonés desde la infancia.

El tercero es el diseño urbano que promueve el movimiento cotidiano —caminata, transporte público accesible, ciclismo— como política de salud pública y no solo de movilidad, entendiendo que cada cuadra caminada en lugar de conducida es, en términos de economía de la salud, prevención gratuita.

El otro Mundial

Japón no necesita ganar el Mundial de fútbol real para ser, en los hechos, el campeón de un torneo mucho más relevante para la vida cotidiana de su gente: el de vivir más años, y vivirlos con mejor salud. La pregunta que la economía de la salud le deja a Argentina no es cuándo vamos a salir campeones del mundo en la cancha —eso, como sabemos, ya ocurrió varias veces. Es cuándo vamos a empezar a jugar en serio ese otro torneo, el que no se decide en penales ni se festeja con un Obelisco, pero que determina, año tras año, cuántas primaveras más tiene cada uno de nosotros para disfrutar.


  1. Japón – Esperanza de vida al nacer ↩︎
  2. Infobae. Crecimiento de centenarios en Japón: casi 100.000 habitantes superan los cien años. Septiembre 2025. ↩︎
  3. Argentina – Esperanza de vida al nacer ↩︎
  4. Ámbito. Por qué Japón es uno de los países con mayor esperanza de vida, según los especialistas. Septiembre 2025. ↩︎
  5. Apolo. ¿Cómo funciona el sistema de salud en Japón? ↩︎
  6. La ley Metabo de Japón: cómo mide la cintura para frenar la obesidad. Enero 2026. ↩︎
  7. Nippon.com La esperanza de vida en las distintas regiones de Japón, un reflejo de la brecha sanitaria ↩︎

Lo que el primer semestre 2026 le hizo al gasto en salud

Entre enero y junio de 2026, la salud argentina vivió tres movimientos simultáneos que, a primera vista, parecen contar historias distintas. El Estado nacional recortó presupuesto sanitario en importantes porcentajes, las obras sociales perdieron cantidad de afiliados e ingresos medios y las prepagas subieron sus cuotas mes a mes, en algunos casos por encima de la inflación general. En el el medio de los tres, el paciente que absorbió la diferencia.

No son fenómenos aislados. Son la misma ecuación de gasto en salud vista desde actores distintos —entenderla en conjunto, no por partes, es el objetivo de este balance semestral.

El ancla: la inflación general del semestre

El IPC1 de marzo de 2026 fue del 3,4%, superando las proyecciones de consultoras privadas y del propio Relevamiento de Expectativas de Mercado. Con ese dato, la inflación acumulada del año llegó al 9,4% en el primer trimestre. Abril marcó una desaceleración, con un 2,6%, y mayo profundizó esa tendencia con un 2,1% —el valor más bajo desde septiembre de 2025—, llevando el acumulado de los primeros cinco meses al 14,7%. Para junio, tanto el Gobierno como las consultoras privadas esperaban que la desaceleración continuara, lo que cerraría el semestre con una inflación acumulada sensiblemente más baja que la de igual período de 2025, aunque todavía lejos del objetivo de desinflación que el equipo económico se propuso para el año.

Es una inflación que viene desacelerando respecto a los picos históricos —2024 cerró con una inflación anual del 117,8% y 2025 con un 31,5%, el número más bajo de los últimos ocho años— pero que sigue corriendo, mes a mes, por encima de cualquier ingreso fijo. Sobre ese piso se montan las dos historias que de verdad importan para la economía de la salud: lo que pagó el bolsillo privado y lo que dejó de pagar el Estado.

Lo que pagó el bolsillo: las prepagas, mes a mes

El primer semestre de 2026 mostró un patrón consistente en el sector de medicina prepaga: ajustes mensuales que, en la mayoría de los casos, igualaron o superaron levemente la inflación general de los meses anteriores.

En marzo, las prepagas confirmaron subas entre el 2,9% y el 3,2%, por encima del IPC de enero que había sido del 2,9%. En abril, el ajuste estuvo en línea con la inflación de febrero, también del 2,9%. En mayo, los aumentos rondaron entre el 3,2% y el 3,4%, siguiendo el IPC de marzo. El acumulado del primer trimestre de 2026 en cuotas de prepagas llegó al 7,6%. En junio, los incrementos alcanzaron hasta el 2,9%, en varios casos por encima de la inflación de abril, que había sido del 2,6%2.

El dato más revelador de todo el semestre es la comparación interanual: el costo de la medicina prepaga subió en promedio un 29,7% interanual en todo el país y en el Gran Buenos Aires. Comparado con una inflación general que viene desacelerando, la salud privada está corriendo a un ritmo propio, empujada por una estructura de costos que las propias empresas explican de manera consistente: insumos médicos, honorarios profesionales, alquileres y servicios tercerizados, varios de ellos con componente dolarizado.

Lo que el Estado dejó de pagar

Mientras el sector privado ajustaba sus cuotas mes a mes, el otro extremo del sistema atravesaba el proceso inverso: una contracción presupuestaria de magnitud histórica.

Según un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)3, donde se analiza la dinámica de la ejecución presupuestaria de la Administración Pública Nacional durante mayo de 2026, la Superintendencia de Servicios de Salud registró una caída real del 64% en su ejecución respecto de 2023, el Instituto Malbrán cayó 33% y la ANMAT 41%. En los hospitales nacionales, las caídas fueron generalizadas: el Hospital Baldomero Sommer cayó 50%, el Hospital de Salud Mental Laura Bonaparte 51%, el Hospital Posadas 33% y el Hospital Ramón Carrillo 45%, siempre en comparación con 2023 y a valores constantes.

El recorte no quedó en el nivel nacional. Las transferencias corrientes a provincias y municipios en la función Salud se desplomaron 98,8% interanual en términos reales durante abril, con una caída acumulada del 92,6% en el primer cuatrimestre del año. El programa Remediar, históricamente uno de los pilares de acceso a medicamentos en el primer nivel de atención, sufrió un desplome concreto: Santa Fe recibió cerca de 2 millones de tratamientos en 2024, la cifra bajó a 920.000 en 2025, y en el primer cuatrimestre de 2026 apenas llegó a 175.000 — con el programa reduciendo su cobertura de 79 medicamentos gratuitos a solo 3.4

A mediados de mayo, una nueva Decisión Administrativa recortó otros $63.021 millones de la administración central del Ministerio de Salud, con $3.196 millones adicionales recortados en la Administración Nacional de Establecimientos de Salud y $1.743 millones en la Superintendencia de Servicios de Salud.5

El problema de las obras sociales

Un informe de la CGT6 publicado en abril de 2026 puso números a esa crisis: el promedio de recaudación del sistema se ubica en $67.525 por beneficiario, mientras que el costo estimado del Programa Médico Obligatorio para marzo de ese año alcanza los $85.000 per cápita —una brecha cercana al 25% que vuelve inviable la cobertura plena de las prestaciones. La consecuencia es que más de 11 millones de beneficiarios, el 78,5% del padrón total, no generan los recursos suficientes para financiar la cobertura a la que tienen derecho, y la mayor parte de las obras sociales depende hoy del auxilio financiero de sus propios sindicatos para no caer en cesación de pagos.

«El 80% de las obras sociales, con su recaudación actual, no cubren el Programa Médico Obligatorio, y que uno de cada cuatro jubilados no accede a sus medicamentos. El PAMI, perdió el 40% de su presupuesto».

A esa brecha estructural se sumó, durante el semestre, una pérdida concreta de aportantes. Más de 740.000 personas dejaron de tener cobertura de salud formal en los últimos dos años, según datos relevados en mayo de 2026 — un desplazamiento que recae, en última instancia, sobre el sistema público. El propio diseño de la reforma laboral en discusión profundiza la tendencia: una baja de un punto en la alícuota patronal sobre obras sociales generaría una pérdida mensual cercana a los $16.500 millones para el Fondo Solidario de Redistribución, y el sector podría perder hasta $90.000 millones mensuales en su conjunto, justo cuando el sistema ya opera, según sus propios técnicos, en un punto cercano al colapso.

El vaso comunicante: dónde aparece la presión que no se resuelve

Acá está el dato que conecta las tres partes de este balance y que ningún informe sectorial, mirado de manera aislada, deja ver con claridad.

En Neuquén7, de un universo de aproximadamente 69.000 afiliados de PAMI, 43.473 son usuarios activos del sistema público de salud — una cifra que creció sostenidamente desde los 38.423 registrados al inicio del período comparado. Es decir: en simultáneo con la caída del presupuesto hospitalario nacional, crece la cantidad de personas con cobertura formal —PAMI, obra social, prepaga— que en la práctica termina atendiéndose en el sistema público porque su cobertura formal no le alcanza para resolver lo que necesita.

Distintas fuentes del sistema público coinciden en algo similar a nivel nacional: una proporción significativa de las personas que hoy se atienden en hospitales públicos tiene, en teoría, obra social o prepaga. A pesar que el sistema privado sube sus cuotas para cubrir costos crecientes, los prepagos y las obras sociales pierden poder real de cobertura, entonces una parte de sus afiliados igual termina dependiendo del sistema público — justo en el momento en que ese sistema público recibe menos transferencias que en cualquier período comparable de los últimos años.

Esa es la verdadera fotografía del semestre: no es que un sector «gana» y otro «pierde» de manera neta. Es que la presión de costos no se resolvió en ninguna parte del sistema — se trasladó, de un bolsillo a otro, hasta encontrar al actor con menos capacidad de ajustar precios o de negociar: el paciente que depende exclusivamente de lo público, justo cuando lo público tiene menos para dar.

En resumen

Este balance no pretende emitir un juicio sobre si el ajuste fiscal en salud es correcto o si las prepagas suben «demasiado». Esa discusión, legítima, excede el objetivo de esta nota y depende de variables políticas y técnicas que merecen su propio análisis.

Lo que el primer semestre de 2026 deja, en términos de economía de la salud pura, es un mecanismo nítido: tres actores —Estado, financiadores privados y obras sociales— ajustando simultáneamente sus propias cuentas, sin que ese ajuste resuelva la tensión de fondo. La tensión solo se traslada. Y se traslada, sistemáticamente, hacia quien tiene menos margen para resistirla.

Entender ese mecanismo —antes que indignarse o resignarse frente a él— es el primer paso para diseñar políticas que lo corten en algún punto de la cadena, en lugar de seguir viendo cómo da una vuelta más.


  1. INDEC. Índice de Precios al Consumidor. ↩︎
  2. miobrasocial.com.ar Precios de las Prepagas en Julio 2026 ↩︎
  3. Informe CEPA N° 623, ISSN 2796-7166. ↩︎
  4. Ámbito. El Gobierno pasa la motosierra por la salud pública: recortó más de $63.000 millones. Mayo 2026 ↩︎
  5. Perfil. La motosierra no para: el Gobierno recortó gastos por casi $3 billones en diferentes área. Mayo 2026 ↩︎
  6. Infobae. La CGT afirmó que la situación de las obras sociales es “casi terminal”: los números que grafican una aguda crisis. Abril 2026 ↩︎
  7. Ministerio de salud de Neuquen. Dos de cada tres afiliados de PAMI se atienden en el Sistema Público de Salud. Marzo 2026 ↩︎

Lo que cuesta no escalar: telemedicina en Argentina, cinco años después de la pandemia

En 2020, la telemedicina argentina vivió su momento más espectacular y, paradójicamente, menos representativo de lo que vendría después. En el Hospital Italiano de Buenos Aires1, un sistema que hasta entonces había avanzado de manera lenta y escalonada llegó a realizar más de 4.000 teleconsultas diarias casi de un día para el otro. En Medifé2, una de las principales aseguradoras de salud del país, las teleconsultas pasaron de niveles marginales a 132.142 consultas analizadas en poco más de un año, con un incremento del 515% en el primer trimestre de 2021 respecto al año anterior.

Cinco años después, la pregunta que el sector se hace NO es si la telemedicina funcionó durante la emergencia. Es otra, más incómoda: ¿logró convertirse en una pieza estructural del sistema de salud argentino, o quedó relegada a un recurso de emergencia que se activa y desactiva según la coyuntura?

El pico, la meseta y lo que el dato no siempre cuenta

Un estudio del Hospital Italiano3 comparó las consultas ambulatorias programadas antes y durante la pandemia: las consultas presenciales cayeron un 70%, de 76.375 en 2019 a 23.200 en el mismo período de 2020, mientras las teleconsultas crecieron de 255 en la semana 13 a 1.089 en las semanas siguientes. Es el patrón que se repitió, con variaciones, en instituciones de todo el país: una sustitución masiva y abrupta de la presencialidad por la virtualidad mientras duró la emergencia sanitaria.

Argentina fue uno de los primeros adoptantes de la telemedicina en la región. En 2019, antes de la pandemia, el 26% de los hospitales del país ya reportaba ofrecer algún servicio de telemedicina a sus pacientes. Eso desmiente la idea de que la telemedicina argentina nació en marzo de 2020. Lo que la pandemia hizo fue acelerar de manera artificial una curva de adopción que ya estaba en marcha — y la pregunta es qué parte de esa aceleración sobrevivió una vez que la urgencia se disipó.

A más de cinco años del pico sanitario, la respuesta, según la evidencia disponible, es ambivalente: ni el colapso que algunos temían ni la transformación total que otros prometieron.

Telemedicina de catedral, no de sistema

El patrón más revelador no es temporal sino institucional. La telemedicina argentina no se consolidó de manera pareja: se consolidó donde había una institución con capacidad tecnológica e historia clínica electrónica integrada para sostenerla, y se diluyó donde esas condiciones no existían.

En el Hospital Italiano de Buenos Aires, cuyo programa de telemedicina había comenzado ya en 2017, las teleconsultas pasaron de 1.000 en 2018 a 4.000 en 2019 —un crecimiento orgánico, previo a cualquier emergencia— antes de explotar durante la pandemia. Actores como ese hospital desarrollaron plataformas propias de teleconsulta integradas con historias clínicas digitales, lo que les permitió escalar el servicio con mayor eficiencia que el resto del sistema.

Ese es el patrón que se repite en los pocos casos de éxito sostenido: la telemedicina funciona y persiste donde una institución fuerte —con inversión propia en plataforma, historia clínica electrónica y cultura digital previa— decide sostenerla como política institucional. Fuera de esos núcleos, la experiencia fue mucho más desigual.

Las barreras que la pandemia no resolvió

Uno de los principales desafíos para la consolidación de la telemedicina en Argentina es el marco regulatorio. Si bien durante la pandemia se flexibilizaron normas para facilitar su uso, aún existen vacíos en aspectos clave.

Argentina tiene un marco legal: existe desde 2018 una Estrategia Nacional de Salud Digital y desde 2019 un Plan Nacional de Telesalud, además de la Ley 27.553 que habilita la prescripción y dispensación de medicamentos por medios electrónicos. El problema no es la ausencia de norma nacional, sino su implementación desigual: cada provincia adhirió a su propio ritmo y con sus propias variantes. Por ejemplo, Mendoza implementó la Ley 9318 y posteriormente la modificación por la Ley 9780 y La Rioja tiene Ley sobre teleasistencia. De esta manera, se ha generando un mosaico normativo que dificulta la interoperabilidad entre sistemas.

La conectividad desigual agrava el problema. La efectividad de la telemedicina depende directamente de la calidad de la conectividad y del acceso a dispositivos. En zonas rurales o barrios vulnerables, estas condiciones no siempre están garantizadas, generando una paradoja: una herramienta diseñada para ampliar el acceso puede, en ciertos contextos, profundizar las desigualdades existentes.

La experiencia clínica directa confirma esa brecha en el día a día4. Profesionales de atención primaria en CABA describieron dificultades constantes para sostener la comunicación dentro de las plataformas oficiales —problemas de conexión a internet, fallas de infraestructura institucional, falta de dispositivos adecuados— que los obligaban a recurrir a canales alternativos como el teléfono, WhatsApp o Zoom para poder completar la consulta. Es decir: incluso en la capital del país, con mejor conectividad relativa que el resto del territorio, la plataforma «oficial» de telemedicina muchas veces era solo el punto de entrada antes de migrar a herramientas de mensajería de uso general.

Lo que sí se consolidó

No todo el balance es negativo. El servicio de telemedicina demostró alta efectividad en consultas finalizadas y en satisfacción del paciente, garantizando atención rápida, ampliando horarios y reduciendo trámites; con un aporte adicional documentado durante la pandemia: permitió categorizar casos sospechosos de COVID-19 para reducir las visitas innecesarias a las guardias.

La modalidad también modificó el patrón de quién consulta: aumentó la frecuencia de consultas de hombres, adolescentes y adultos jóvenes —grupos históricamente menos propensos a consultar al médico presencialmente— mientras disminuyeron las consultas de personas mayores, que enfrentan mayores barreras de adopción tecnológica. Es un dato ambivalente: la telemedicina amplió el acceso para algunos grupos mientras lo redujo, relativamente, para otros que ya eran más vulnerables.

La evidencia científica internacional respalda la efectividad de la modalidad en condiciones específicas: un estudio publicado en The Lancet5 concluyó que la telemedicina es tan eficaz como la atención presencial para enfermedades crónicas como la diabetes y la hipertensión, y la revista JAMA Internal Medicine6 documentó resultados similares para el tratamiento de la depresión. El seguimiento de crónicos y la salud mental parecen ser, también en la experiencia argentina, los terrenos donde la modalidad demuestra mayor valor sostenido.

El costo de no cerrar el círculo

Desde la economía de la salud, la pregunta relevante no es si la telemedicina «funciona» —la evidencia dice que sí, en los casos de uso correctos— sino cuánto cuesta no haberla consolidado como política de sistema.

El consenso entre especialistas apunta a un modelo mixto, donde la telemedicina complemente pero no reemplace la atención presencial. Ese modelo mixto, sin embargo, requiere exactamente lo que Argentina todavía no terminó de construir: un marco de reembolso uniforme entre financiadores, interoperabilidad real entre las historias clínicas electrónicas de cada jurisdicción y cada institución, y conectividad de base garantizada en todo el territorio.

Sin esas tres piezas, cada institución sigue resolviendo el problema por su cuenta —como hizo el Hospital Italiano con inversión propia— mientras el resto del sistema queda dependiendo de la improvisación con WhatsApp y Zoom que describían los propios médicos de atención primaria durante la pandemia. Esa improvisación, sostenida en el tiempo, tiene un costo silencioso: pacientes del interior que vuelven a viajar para consultas que podrían resolverse a distancia, guardias que reciben demanda evitable porque el seguimiento remoto de crónicos no llegó a su zona, y un sistema de información en salud que sigue fragmentado entre veinticuatro jurisdicciones que legislan cada una a su ritmo.

El cierre

La telemedicina argentina no fracasó. Demostró, con evidencia sólida, que puede ser tan efectiva como la consulta presencial para un conjunto importante de problemas de salud. Lo que no logró, cinco años después de su pico de adopción forzada, es deja de depender de la voluntad y la inversión de cada institución individual para convertirse en una política de sistema con reglas comunes, financiamiento previsible y alcance territorial parejo.

La pandemia demostró que el cambio de comportamiento es posible cuando la urgencia lo exige. El desafío pendiente es sostener ese cambio sin necesitar una nueva emergencia que lo justifique.


  1. Herrera A.G. et al. Mayor uso de teleconsultas programadas y mensajería asíncrónica del portal en atención primaria. Revista del Hospital Italiano de Buenos Aires, 43(4), 2024: 174-180. ↩︎
  2. Telemedicina en seguros de salud durante la pandemia de la COVID-19. 2022. ↩︎
  3. Innova / Hospital Italiano. La Telemedicina: antes y después de la pandemia. ↩︎
  4. Salud Colectiva. Alcances y limitaciones de la teleconsulta en pandemia de covid-19: relatos de profesionales de la salud del primer nivel de atención de CABA. 2024. ↩︎
  5. Teleconsultation on patients with type 2 diabetes in the Brazilian public health system: a randomised, pragmatic, open-label, phase 2, non-inferiority trial (TELECONSULTA diabetes trial) ↩︎
  6. Dahne J, Wahlquist AE, Carpenter MJ, et al. A Digital Depression Treatment Program for Adults Treated in Primary Care: A Randomized Clinical Trial. JAMA Intern Med. 2025;185(6):692–701. doi:10.1001/jamainternmed.2025.0494 ↩︎

El verano que viene: dengue, calor extremo y la planificación que el sistema todavía no termina de hacer

El 23 de junio de 20261, Francia vivió su día más caluroso desde que existen registros. La ola de calor ya dejó al menos 40 muertos por ahogamiento desde el 18 de junio, colegios cerrados, restricciones hospitalarias y el cierre adelantado de monumentos en todo el país. El dato no sería tan inquietante si Francia no fuera, precisamente, el país que mejor se preparó para esto.

Francia tiene uno de los sistemas de alerta por calor más sofisticados del mundo. Lo construyó después de una tragedia: la ola de calor de agosto de 20032 dejó cerca de 15.000 muertos en el país, una sobremortalidad del 55% en la primera quincena de agosto, y derivó en la renuncia del director general de salud. Desde entonces, un sistema de alerta clasifica la amenaza de verde a rojo cada verano, con medidas muy fuertes en el extremo de peligro, y un estudio estimó que unas 4.000 personas más podrían haber muerto en la ola de julio de 2006 si no hubiera existido el plan nacional contra las olas de calor.

Aun con ese sistema —residencias con aire acondicionado obligatorio, alertas en el metro, protocolos hospitalarios, cierre preventivo de escuelas— Francia tiene en este momento decenas de muertes. La pregunta que se impone, vista desde Argentina, no es si el sistema francés funciona. Es qué va a pasar en el hemisferio sur, donde el verano aún no empieza y hay tiempo para prepararse (aunque históricamente la preparación ha sido comparativamente menor)

Lo que se viene para Argentina

Mientras Francia transita su pico de calor boreal, Argentina se dirige a la temporada en la que dengue y calor extremo suelen coincidir: diciembre a abril. Es el mismo fenómeno climático global —temperaturas más altas, eventos más frecuentes e intensos— pero con una diferencia de preparación que vale la pena examinar con honestidad, sin caer en el lugar común de que «en Argentina no se hace nada». Porque no es así. El problema es más sutil, y por eso mismo más difícil de resolver.

Dengue: la curva que ya conocemos

Para el cierre de 20243, la Organización Panamericana de la Salud documentó un total de 12.970.602 casos sospechosos en la Región de las Américas, lo que triplicó ampliamente los registros de todo el año anterior. Argentina ocupó el segundo lugar con 379.341 casos, un aumento de cuatro veces respecto a la temporada anterior. Desde la reemergencia del dengue en Argentina en 1997, los años 2023 y 2024 fueron las temporadas epidémicas de mayor magnitud registradas hasta la fecha, concentrando en conjunto aproximadamente el 82% del total de casos acumulados en toda la serie histórica.

Ya en marzo de 2024, ante ese mismo récord histórico, este blog4 advertía sobre el peso económico concreto de la epidemia: más del 70% del gasto en pacientes hospitalizados corresponde a atención médica directa, y el 80% del costo en pacientes ambulatorios es pérdida de productividad laboral y de cuidado familiar. Dos años después, esa estructura de costos sigue intacta. Lo que cambia, temporada a temporada, es solo la magnitud del brote — y la magnitud, como veremos, depende en gran medida de qué tan temprano se actúa.

La temporada 2024-2025 fue notablemente más leve: se registraron 17.964 casos confirmados de un total de 76.662 notificaciones, con la región Centro —especialmente Santa Fe y Córdoba— concentrando la mayoría. La temporada 2025-2026, que está en curso, muestra hasta ahora un escenario de bajo riesgo, con apenas decenas de casos confirmados a mitad de año5.

Ese patrón de altibajo no es tranquilizador: es exactamente el tipo de comportamiento epidémico que exige planificación constante, no solo reacción cuando los números explotan. Un año tranquilo no es garantía de nada para el siguiente. El propio informe oficial advierte que persiste la necesidad de mantener una vigilancia intensificada ante la posibilidad de circulación en áreas con condiciones sociodemográficas, ambientales y epidemiológicas favorables.

El calor extremo

Acá está el matiz que distingue este análisis de la queja genérica. Argentina no llega a este verano sin nada. El Sistema de Alerta Temprana por Olas de Calor y Salud (SAT-OCS)6, desarrollado por el Servicio Meteorológico Nacional junto con el Ministerio de Salud de la Nación, clasifica el riesgo en alertas amarilla, naranja y roja según percentiles históricos de temperatura calculados para cada localidad. Es un sistema técnicamente serio, construido sobre una investigación epidemiológica rigurosa: un estudio sobre la mortalidad durante el semestre cálido 2013-2014 en el centro y norte del país, que evidenció un aumento significativo de la mortalidad durante las olas de calor, fue la base científica para el diseño del sistema.

El problema, entonces, no es la ausencia de alerta. Es lo que ocurre —o no ocurre— después de que la alerta se emite. Especialistas coinciden en que la mayoría de las muertes asociadas a olas de calor son evitables si se adoptan políticas con medidas urgentes de prevención: protocolos específicos para hospitales, escuelas y residencias de adultos mayores, y coordinación eficaz ante emergencias. El sistema de alerta meteorológica está consolidado. El sistema de respuesta sanitaria coordinada, escalable y con protocolos obligatorios en cada efector, todavía no

La comparación con Francia es instructiva en este punto preciso. En Francia, cada color de alerta activa un plan particular y los departamentos entran en estado de emergencia a partir del nivel naranja: se abren espacios designados para refrescarse, aumentan los controles sobre personas en situación de calle, y en el nivel rojo el Gobierno nacional interviene directamente con poderes especiales para cerrar eventos e instalaciones. No es solo que avisan. Es que la alerta dispara una cadena de acciones obligatorias y preestablecidas. En Argentina, la alerta del SAT-OCS informa el riesgo; la traducción de ese riesgo en protocolos hospitalarios obligatorios, refuerzo de guardias y dispositivos comunitarios para población vulnerable depende en gran medida de la gestión de cada jurisdicción, sin un mandato nacional uniforme y vinculante.

Lo que cuesta no cerrar ese círculo

El costo de esta brecha entre alerta y acción coordinada no es abstracto. Cada enero, las guardias de los hospitales públicos argentinos reciben una demanda de golpe de calor, deshidratación y descompensación cardiovascular en adultos mayores que es, en gran medida, previsible con semanas de anticipación gracias al propio pronóstico estacional del Servicio Meteorológico Nacional. Lo mismo ocurre con el dengue: la curva de casos sigue un patrón estacional conocido, y la fumigación, el descacharrado y la comunicación preventiva son más eficaces y más baratos en julio que en febrero, cuando el mosquito ya está instalado.

Cada recurso destinado a una respuesta de emergencia mal planificada es, en términos de economía de la salud, un recurso que se gastó peor de lo que pudo haberse gastado. No es que falte dinero o que falte ciencia. Es que el puente entre el dato meteorológico y epidemiológico, por un lado, y la acción sanitaria coordinada, por el otro, todavía tiene tramos sin construir.

Una propuesta concreta

En lugar de cerrar con una crítica, vale la pena proponer algo construible con los recursos que ya existen.

Argentina tiene el SAT-OCS, tiene el Boletín Epidemiológico Nacional con seguimiento semanal de dengue, y tiene una red de hospitales públicos con capacidad de planificación si se les da el mandato y el tiempo de anticipación adecuados. Lo que falta es un protocolo único, nacional (o provincial) y obligatorio que conecte automáticamente cada nivel de alerta del SAT-OCS con acciones concretas y escalonadas en los efectores de salud: refuerzo de guardia a partir de alerta naranja, activación de dispositivos de hidratación y control en residencias de adultos mayores a partir de ese mismo nivel, y comunicación preventiva de dengue sincronizada con el inicio del pronóstico estacional de octubre, no con la aparición de los primeros casos en enero.

Ese protocolo no requiere presupuesto adicional significativo: requiere que la información que el Estado argentino ya produce con rigor científico —la del SMN y la del Ministerio de Salud— se traduzca en un mandato de acción tan automático como lo es hoy la emisión de la alerta misma. Francia no tiene mejor clima que Argentina ni mejor ciencia meteorológica. Tiene, después de su propia tragedia, un puente mejor construido entre el dato y la decisión.

Argentina todavía puede construir ese puente sin esperar la tragedia propia.


  1. Infobae. Francia registra su día más caluroso desde que existen datos y la ola de calor deja al menos 40 muertos por ahogamiento. 23 de junio de 2026. ↩︎
  2. Euronews. La huella que dejó en Francia la letal ola de calor de 2003. Agosto 2024. ↩︎
  3. Situación epidemiológica del dengue en las Américas A la semana epidemiológica 50, 2024 ↩︎
  4. https://economiaygestiondelasalud.finance.blog/2024/03/18/dengue-nuevo-record-impacto-economico-y-social/ ↩︎
  5. Evolución detallada de los datos y los boletines oficiales en el portal del Ministerio de Salud de la Nación. ↩︎
  6. Sistema de Alerta Temprana por Olas de Calor y Salud (SAT-OCS) ↩︎

Las mujeres crecieron 10 centímetros en un siglo: ¿progreso real o desigualdad disfrazada de promedio?

Una serie de datos publicados recientemente permite reconstruir la evolución de la estatura promedio de mujeres adultas en veinte países de América Latina, en distintos momentos del siglo XX y principios del XXI. La información proviene de la NCD Risk Factor Collaboration (NCD-RisC)1, la red científica internacional que reanaliza datos de más de 1.400 estudios de base poblacional en 200 países, en colaboración con la OMS. El dato central es tan simple como profundo: en aproximadamente cien años, las mujeres latinoamericanas ganaron alrededor de diez centímetros de estatura.

Este artículo propone ir más allá de la curiosidad estadística. Porque cuando la economía de la salud mira la estatura de una población, no está mirando simplemente una medida física. Está leyendo, en el cuerpo de las personas, la historia de sus condiciones de vida.

Los números: un siglo de crecimiento

Esta tabla muestra cinco cortes temporales representativos. En 1923, Argentina encabezaba el ranking regional con una estatura promedio de 151,83 cm. Uruguay y Cuba la seguían de cerca. Brasil aparecía en el séptimo lugar. En 2025, los primeros puestos los ocupan Puerto Rico (163,59 cm), Brasil (163,21 cm) y Uruguay (162,14 cm), mientras que Argentina se ubica en el quinto lugar con 161,83 cm.

AñoPaís líderEstatura promedio (cm)Argentina (referencia)
1923Argentina151,83151,83
1930Argentina152,91152,91
1973Uruguay159,18158,57
2013Puerto Rico162,51160,55
2025Puerto Rico163,59161,83

Tabla 1. Evolución de la estatura promedio de mujeres adultas en América Latina. Fuente: NCD Risk Factor Collaboration / Our World in Data.

El incremento total en el caso argentino es de aproximadamente 10 cm en un siglo. Para Brasil, el salto es aún mayor: desde posiciones intermedias en el ranking de 1923 hasta el segundo puesto en 2025, con una ganancia que supera los 12 cm en ese período. Un estudio publicado en 2007 en la revista Economics and Human Biology2, basado en 9 millones de registros de cédulas de identidad colombianas, documentó que hombres y mujeres colombianos nacidos en 1985 eran 8,9 cm más altos que los nacidos entre 1905 y 1909, una mejora comparable.

No todos los países tuvieron la misma trayectoria. Guatemala, que aparece consistentemente en el último lugar del ranking con 151,67 cm en 2025, es el caso más estudiado como contraejemplo. Investigadores de la Universidad de Glasgow que publicaron en 2022 en la revista PLOS ONE3 documentaron que las guatemaltecas aumentaron su estatura apenas 0,21 cm por década entre 1945 y 1995: un centímetro en cincuenta años, frente a los 0,9 cm por década que experimentaron países como Brasil, México y Colombia. La diferencia la explican décadas de inestabilidad política, guerra civil y persistencia de la desnutrición crónica.

El hallazgo más impactante del estudio mencionado de NCD Risk Factor Collaboration, con datos de 18,6 millones de personas en 200 países, fue que la mayor ganancia registrada en el siglo XX correspondió a las mujeres surcoreanas con aumentos de más de 16 cm. En contraste, varias poblaciones del África subsahariana y del sur de Asia mostraron escasos cambios. La divergencia coincide exactamente con las trayectorias de desarrollo económico y social de esas regiones.

Como señaló el estudio: «la diferencia entre la población más alta y la más baja era de 19-20 cm hace un siglo, y se ha mantenido igual o ha aumentado». La altura crece en todos lados, pero la brecha persiste.

¿Por qué crecieron las mujeres latinoamericanas? Las causas detrás del número

La economía de la salud ofrece un marco analítico claro para responder esta pregunta. La estatura adulta es el resultado acumulado de las condiciones de vida durante los primeros años de vida, especialmente en la ventana crítica que va desde la concepción hasta los dos años de edad (los llamados «primeros 1.000 días»). En ese período, el cuerpo establece una trayectoria de crecimiento que es difícil modificar luego. Lo que ocurre antes de los dos años queda inscripto en el esqueleto.

1. Nutrición: el factor central

El acceso a proteínas de origen animal, calcio, zinc, hierro y vitamina D en la infancia temprana es el predictor más potente de la talla adulta. A comienzos del siglo XX, las dietas populares latinoamericanas eran predominantemente de base vegetal y altamente deficitarias en micronutrientes. La urbanización, la expansión de redes de frío, el desarrollo agroindustrial y, más recientemente, las políticas de transferencias condicionadas de ingresos transformaron el acceso alimentario para millones de familias.

En el caso de Brasil, el Programa Bolsa Família, creado en 2003, fue objeto de múltiples evaluaciones. Un estudio del Ministerio de Desarrollo Social4 publicado en 2025, basado en 285.000 niños beneficiarios seguidos entre 2019 y 2023, encontró que los casos de «estatura muy baja para la edad» se redujeron del 9,32% al 5,32% en ese período, y que el 77,51% de los niños con baja estatura alcanzaron la altura adecuada. Las familias beneficiarias también mostraron mayor gasto alimentario y mayor disponibilidad calórica.

2. Reducción de enfermedades infecciosas en la infancia

Cada episodio de diarrea, parasitosis o infección grave durante los primeros años de vida compromete el crecimiento. El organismo destina recursos energéticos a la respuesta inmune en lugar de al desarrollo físico. La transición epidemiológica que vivió América Latina durante el siglo XX, con la caída sostenida de las enfermedades infecciosas y la mortalidad infantil, liberó ese potencial.

Un estudio publicado en 2016 en la revista Economics & Human Biology5, sobre datos de Chile entre 1960 y 1989, cuantificó que la reducción de la tasa de mortalidad infantil de 119,4 a 21,0 por mil nacidos vivos explicaba casi toda la tendencia secular en el aumento de talla, con una ganancia de 0,96 cm por década. El ingreso per cápita, en cambio, tenía un efecto explicativo marginal una vez controlada la mortalidad infantil.

3. Salud materna y atención prenatal

La talla no empieza a medirse al nacer: empieza a construirse en el útero. Una madre bien nutrida, con control prenatal adecuado y acceso a hierro y ácido fólico tiene más probabilidades de gestar un bebé con buen peso y longitud al nacer. La expansión de los sistemas de salud pública, los programas de atención prenatal y la reducción de la mortalidad materna en América Latina durante el siglo XX contribuyeron de forma directa a mejorar el punto de partida de cada generación.

4. El efecto intergeneracional

La ganancia en estatura no es solo individual: es acumulativa entre generaciones. Una madre más alta y mejor nutrida transmite ventajas biológicas a su descendencia. Este mecanismo, que combina condicionantes epigenéticos y nutricionales, explica por qué el crecimiento en estatura promedio no ocurre de forma abrupta sino gradual, década tras década. También explica por qué los efectos de las políticas de bienestar infantil no se manifiestan en los adultos de hoy sino en los de mañana.

El marco teórico: Grossman y la salud como capital humano

El modelo de Michael Grossman6 ofrece la base conceptual más sólida para interpretar estas tendencias. En su formulación seminal, Grossman trató la salud como una forma de capital humano durable: los individuos son simultáneamente consumidores y productores de su propio estado de salud, combinando tiempo e insumos (alimentación, atención médica, educación) para generar «tiempo saludable», que a su vez se traduce en productividad y bienestar.

Una revisión extensa de la literatura citada en el propio Grossman concluyó que «los años de escolaridad formal completados son el correlato más importante del buen estado de salud», por encima incluso del ingreso. La educación mejora la eficiencia con que los hogares producen salud: permite mejores decisiones alimentarias, mayor adhesión a controles preventivos, y mejor comprensión del desarrollo infantil. En este sentido, el aumento en la estatura promedio de las mujeres latinoamericanas es, también, un testimonio del proceso de feminización de la educación que vivió la región a lo largo del siglo XX.

«La evolución del crecimiento de un país debería ser adoptada como un indicador de desarrollo, junto con otras pautas de evolución infantil alcanzadas antes de los cinco años».

Michael Grossman – The Demand for Health: A Theoretical and Empirical Investigation.

La talla promedio puede pensarse entonces como un indicador sintético del stock de capital humano acumulado por una sociedad: incorpora nutrición, acceso a salud, reducción de carga infecciosa, condiciones habitacionales, nivel educativo materno y estabilidad económica. No es una medida de riqueza, sino de bienestar efectivo.

El caso de Puerto Rico: cuando el sistema de salud hace diferencia

El caso de Puerto Rico merece atención especial, porque no era el país más alto de la región en 1923, aparecía en el séptimo puesto, con 150,56 cm, y en 2025 lidera el ranking con 163,59 cm: una ganancia de más de 13 cm, la mayor de la región. No se trata de una diferencia genética. Se trata de una diferencia institucional.

Puerto Rico accede, en tanto territorio no incorporado de Estados Unidos, al sistema federal de asistencia nutricional. El Nutrition Assistance Program (NAP)7, equivalente insular del programa SNAP, comenzó a operar en 1974 y llegó a cubrir al 56% de la población puertorriqueña en sus primeros años. En 2021, el gobierno federal destinó más de 2.000 millones de dólares al programa. Adicionalmente, Puerto Rico integra el sistema de salud federal con acceso a Medicaid y programas de atención materno-infantil que no tienen equivalente en el resto de América Latina.

El ascenso de Puerto Rico en el ranking de estatura es, en este sentido, un experimento natural sobre el impacto de las transferencias de ingresos y la cobertura sanitaria universal en el desarrollo físico de las poblaciones. No es el único factor explicativo, pero su correlación es difícil de ignorar.

El riesgo de lectura lineal: lo que el dato no dice

El entusiasmo por este tipo de estudios puede llevar a lecturas simplistas que conviene matizar. La estatura promedio no es un indicador de salud perfectamente lineal: la misma NCD-RisC advirtió que las poblaciones más altas tienen menor riesgo cardiovascular pero mayor incidencia de ciertos tipos de cáncer. La correlación entre altura y longevidad existe pero tiene límites.

Tampoco la ganancia en estatura implica equidad. Argentina ganó cerca de 10 cm en promedio, pero las desigualdades regionales en nutrición infantil entre el NOA, el NEA y la Ciudad de Buenos Aires son documentadamente persistentes. Una media nacional puede ocultar distribuciones muy heterogéneas. El mismo dato promedio puede coexistir con bolsones de desnutrición crónica en poblaciones vulnerables.

Finalmente, la tendencia secular en estatura está desacelerándose o llegando a una meseta en varias regiones del mundo, incluyendo partes de Europa del norte, donde las ganancias se redujeron a 3 mm por década. Esto sugiere que existe un límite biológico al crecimiento que las mejoras ambientales pueden alcanzar, y que las diferencias residuales entre poblaciones tendrán cada vez más componentes genéticos relativos.

Conclusión: el cuerpo como archivo histórico

Cuando miramos que las mujeres latinoamericanas miden hoy, en promedio, diez centímetros más que sus bisabuelas, no estamos ante una curiosidad antropométrica. Estamos ante el registro corporal de un siglo de transformaciones: el descenso de la mortalidad infantil, la expansión de los sistemas de salud pública, el acceso creciente a la educación femenina, las políticas de transferencias de ingresos, la urbanización y la mejora en el saneamiento básico.

La economía de la salud nos enseña que la salud no se produce solo en los hospitales: se produce en los hogares, en las escuelas, en los mercados de alimentos, en las condiciones de trabajo y en las políticas públicas. La estatura promedio de una población es el resultado acumulado de todas esas decisiones, individuales y colectivas, a lo largo de generaciones.

Más allá del PIB o de la mortalidad infantil, la estatura promedio de una población es un indicador clave de desarrollo. Este dato, sumado al crecimiento infantil antes de los cinco años, refleja el bienestar humano. El verdadero progreso se mide en los centímetros acumulados en el cuerpo de las personas, año tras año y generación tras generación.

Diez centímetros en cien años. No es solo una medida. Es una política pública que funcionó.

  1. NCD Risk Factor Collaboration (NCD-RisC). «A century of trends in adult human height.» eLife 2016; 5:e13410. DOI: 10.7554/eLife.13410 ↩︎
  2. Meisel-Roca, A. & Vega-Acedo, M. «The biological standard of living (and its convergence) in Colombia, 1870-2003.» Economics & Human Biology 5(1) (2007): 100-122. ↩︎
  3. Bogin, B. et al. «The trend in mean height of Guatemalan women born between 1945 and 1995.» PLOS ONE 17(9) (2022): e0274237. ↩︎
  4. Secretaría Extraordinaria de Combate à Pobreza e à Fome (SECF), Brasil. Estudio de impacto nutricional del Programa Bolsa Família en niños de 0 a 6 años, 2019-2023. Sistema Sisvan, enero 2025. ↩︎
  5. Challú, A.E. & Silva-Castañeda, L. «Towards an anthropometric history of Latin America in the second half of the twentieth century.» Economics & Human Biology 23 (2016): 226-234. ↩︎
  6. Grossman, M. «The Demand for Health: A Theoretical and Empirical Investigation.» NBER Occasional Paper 119. New York: Columbia University Press, 1972. ↩︎
  7. Center on Budget and Policy Priorities. «Introduction to Puerto Rico’s Nutrition Assistance Program.» Washington DC, 2020. ↩︎

Presión, lesión y silencio. Salud mental en los futbolistas (y deportistas) de élite

Un jugador llora en una conferencia de prensa. Otro se retira a los 28 años sin dar explicaciones. Otro habla de depresión, de noches sin dormir, de odiar lo que más amaba pero lo hace años después, cuando ya no tiene nada que perder. El fútbol de élite habla de todo: lesiones de rodilla, tácticas defensivas, valores de transferencia. Pero durante décadas guardó un silencio casi institucional sobre lo que pasa adentro de la cabeza de sus protagonistas.

Ese silencio tiene un precio. Y la evidencia científica acumulada en los últimos años muestra que es más alto de lo que el vestuario estaba dispuesto a admitir.

Los números que el fútbol no publica

Según una revisión bibliográfica publicada en 2024 por la revista Sanum1, el 50% de los deportistas de élite presentan problemas de salud mental, destacando trastornos como la depresión y la ansiedad. No es un dato marginal. Es uno de cada dos.

Un estudio publicado en el British Journal of Sports2 Medicine que analizó a más de 3.000 atletas de élite en activo encontró que la prevalencia de síntomas y trastornos de salud mental oscilaba entre el 19% para el abuso de alcohol y el 34% para la ansiedad y la depresión. El mismo estudio siguió a más de 1.500 deportistas retirados y encontró que los números no mejoran después de colgar los botines.

Entre los futbolistas específicamente3, más del 50% describieron su calidad de vida como «pobre», y de estos, un 21,7% padece depresión. Son datos que ningún club publica en su memoria anual ni ningún entrenador menciona en la conferencia de prensa del viernes.

El fútbol invierte millones en escanear ligamentos y monitorear frecuencias cardíacas. La mente, hasta hace muy poco, quedaba fuera del protocolo.

La lesión que nadie rehabilita

Una rotura de ligamento cruzado tiene un protocolo claro: cirugía, rehabilitación, retorno progresivo, alta médica. Lo que no tiene protocolo es lo que ocurre en la cabeza del jugador durante los ocho meses que ese proceso dura.

El impacto emocional de una lesión grave puede llevar a los atletas a perder la conexión con su propio cuerpo y a experimentar una crisis de identidad, lo que complica aún más el proceso de vuelta al deporte. Un futbolista no es solo alguien que juega al fútbol. Es alguien cuya identidad, desde los seis o siete años, está construida alrededor de esa actividad. Cuando la lesión la interrumpe, no se rompe solo el músculo. Se rompe el relato de quién es esa persona.

Un gran numero de atletas lesionados sufren síntomas de depresión durante el proceso de recuperación. Los deportistas que han sufrido más de dos lesiones presentan mayor ansiedad situacional, y aquellos con lesiones más graves experimentan mayor nivel de depresión.

El miedo a no volver a rendir como antes o a no ser tenidos en cuenta por entrenadores y equipos es una preocupación recurrente que afecta a deportistas de diferentes disciplinas. Ese miedo no aparece en ningún informe de resonancia magnética. Y sin embargo es, en muchos casos, el principal obstáculo para una recuperación real.

El caso más doloroso4 de la historia del fútbol argentino ilustra hasta dónde puede llegar esa brecha. Mirko Saric era una de las grandes promesas de San Lorenzo, comparado con Fernando Redondo. En diciembre de 1999 sufrió una rotura de ligamentos que lo dejó fuera de las canchas. Atravesando esa lesión, además, una crisis personal profunda. Veinte días antes había advertido que podía quitarse la vida, y había comenzado un tratamiento. El 4 de abril de 2000, a los 21 años, se suicidó. Su caso instaló en Argentina, de la manera más trágica posible, el debate sobre el rol de la psicología deportiva — un campo que dos décadas y media después sigue siendo, en demasiados clubes, una excepción y no una política.

La cultura del silencio

Un club de fútbol prefiere antes a un jugador con lesión de rodilla que a uno con problemas de salud mental. La frase no es de un sociólogo crítico del deporte. Es de un especialista en psicología deportiva describiendo la cultura dominante en los vestuarios europeos.

«Yo diría que para un club es más atractivo un jugador con una lesión de rodilla que con una condición de salud mental. Sí, hablar de salud mental vende en muchos casos, pero, en mi opinión, pienso que se piensa en los jugadores que hablan de ello como menos atractivos en cuestión de marketing»

«¡Qué paradoja! Para mí, hay mucha fortaleza en reconocerlo»

Juan Carlos Álvarez Campillo, psicólogo y coach deportivo

El motivo es comprensible aunque no justificable. Una lesión física tiene un diagnóstico, un tratamiento y una fecha de alta. La depresión, la ansiedad o el burnout no tienen ese calendario. Y en un sistema donde el rendimiento se mide semana a semana, la incertidumbre clínica se convierte en riesgo contractual.

El 73% de los atletas de élite de Países Bajos y el 41% de sus entrenadores han experimentado angustia relacionada con el deporte, según un estudio publicado en BMJ Open Sport and Exercise Medicine5. Y sin embargo, muchos tienen un miedo terrible a fallar, a no llegar a lo que se espera de ellos — y esa presión rara vez se trata con la misma seriedad que una tendinitis.

El 59% de los jóvenes deportistas de élite ya muestran indicadores de riesgo desde las categorías formativas. La cultura del silencio no empieza en el primer equipo. Empieza en la academia, donde la selección es brutal y donde aprender a no mostrar debilidad es parte del entrenamiento no oficial.

Los que hablaron

Algunos jugadores rompieron ese silencio, y pagaron un precio social antes de ser reconocidos por haberlo hecho.

Andrés Iniesta, autor del gol que le dio a España su único Mundial, habló públicamente de la depresión severa que atravesó en 2009. Su testimonio, junto al de Michael Phelps — el nadador con más medallas olímpicas de la historia, quien reveló haber pensado en quitarse la vida durante una larga depresión — visibilizó una problemática que afecta a muchos más deportistas de los que se reconoce oficialmente.

Simone Biles se retiró de varias finales olímpicas en Tokio 2021 para proteger su salud mental. La decisión fue interpretada por una parte de la opinión pública como una muestra de debilidad. Fue, en realidad, exactamente lo contrario: la primera vez que una atleta de élite en plena competencia decidió que su mente valía más que una medalla.

El futbolista Mathías Vidangossy, integrante de la generación dorada chilena del Mundial Sub-20 de 2007, reconoció haber atravesado una década marcada por la depresión. Su historia no es excepcional. Es representativa de lo que ocurre en silencio en vestuarios de todo el mundo.

«Cuando uno no sabe controlar sus emociones y tiene que salir a la cancha es destructivo»

Mathías Vidangossy, La batalla silenciosa de la salud mental en deportistas de élite. Publicado en la revista doble espacio 2025

El ejemplo más reciente y más visto por el mundo entero ocurrió en este mismo Mundial. El 16 de junio de 2026, Lionel Messi rompió en llanto apenas convirtió su primer gol ante Argelia en el debut argentino — un gesto que millones interpretaron, en un primer momento, como una lesión. No lo era. Trascendió luego que la emoción estaba ligada a la delicada situación de salud de su padre. El jugador más observado del planeta, en la noche de su actuación más histórica, no pudo — ni quiso — separar lo que pasaba en su vida privada de lo que pasaba en la cancha. Y esa imagen, mucho más que cualquier estadística, deja una enseñanza simple: ni el mejor futbolista de la historia está exento de que la vida personal le pese en el momento de mayor exposición pública.

El retiro: el momento más vulnerable

El retiro deportivo involuntario se asocia principalmente con depresión, ansiedad, crisis de identidad y dificultades de adaptación social. Un futbolista que se retira a los 35 años lleva más de dos décadas definiendo quién es a través del fútbol. De un día para el otro, esa estructura desaparece. El cuerpo ya no es un instrumento de rendimiento. El equipo ya no existe. La rutina que organizaba cada hora del día se evapora.

La planificación anticipada del retiro, el apoyo psicológico y los programas de desentrenamiento actúan como factores protectores — pero son exactamente los recursos que la mayoría de los clubes no proveen de manera sistemática una vez que el contrato termina.

Lo que el sistema público podría aprender

Esta serie arrancó con lo que el Mundial le hace al hincha. Continuó con lo que el sistema de salud del país le hace al jugador antes de llegar a la cancha. El artículo anterior mostró lo que la medicina deportiva de élite le da al jugador que el sistema público no puede ofrecer. Ahora el círculo cierra con una paradoja: ni siquiera el fútbol de élite, con todos sus recursos, resolvió la salud mental de sus protagonistas. El problema no es solo de presupuesto. Es de cultura institucional, de estigma, de un modelo que valora el cuerpo como instrumento de rendimiento y tarda en reconocer que ese instrumento tiene una mente adentro.

Si el sistema de salud público quiere aprender algo del fútbol de élite en materia de salud mental, la lección más importante no está en lo que el fútbol hace bien. Está en lo que el fútbol todavía no aprendió a hacer — y en el costo humano de esa demora.

El jugador que llora en la cancha no es débil. Es humano. Y esa humanidad es exactamente lo que el sistema de salud — deportivo y público — todavía no aprendió a tratar con la misma seriedad con que trata un desgarro de isquiotibial.

  1. Hermoso García, M., Ordóñez Marchena, A., Núñez Díaz, M. MENTAL HEALTH AND ELITE ATHLETES: LITERATURE REVIEW. Vol. 8 Núm. 2. Febrero 2024 – Abril 2024.
    ISSN: 2530-5468
    ↩︎
  2. Gouttebarge V, Castaldelli-Maia JM, Gorczynski P, et al Occurrence of mental health symptoms and disorders in current and former elite athletes: a systematic review and meta-analysis British Journal of Sports Medicine 2019;53:700-706. ↩︎
  3. Maguiña-Figueroa S, Silva Barboza C, Ñaña-Cordova AM, Torres-Zegarra BC, Chapoñan Agip HV, Runzer-Colmenares FM. Relación entre síntomas depresivos y deterioro de la calidad de vida en futbolistas de la Primera División del Perú. Rev Neuropsiquiatr [Internet]. 2024; 87(2): 118-130. DOI: 10.20453/ rnp.v87i2.4965 ↩︎
  4. Para comprender mejor el tema recomiendo leer: Herbella, J. M. (2021). No me corten el pie: Historias médicas de superación y dolor de futbolistas. Planeta. ↩︎
  5. Vincent Gouttebarge, Gino Kerkhoffs.Mental health issues are a common phenomenon in elite sport. Amsterdam Movement Sciences 2024 ↩︎

Si vos o alguien que conocés está atravesando una crisis de salud mental, en Argentina podés comunicarte a la línea 135 (CABA, las 24 horas) o al 0800-345-1435.

Los futbolistas tienen once profesionales de la salud. ¿Vos conseguís un turno?

Seguimos con otra pregunta que nadie hace durante el Mundial y que tiene una respuesta incómoda: ¿Qué sistema de salud tiene acceso el jugador que está en la cancha? No el del país donde nació. El que su club le construyó a medida, financiado por el mercado del fútbol de élite, diseñado con un solo objetivo: que ese cuerpo rinda al máximo durante el mayor tiempo posible.

La respuesta es un sistema que ningún paciente del sistema público argentino va a recibir jamás. No porque ese paciente sea menos importante. Sino porque su cuerpo no tiene precio de transferencia.

El equipo detrás del jugador

Un futbolista que juega el Mundial 2026 en un club de primera división europea lleva consigo, invisible pero operativa, una estructura de salud que combina disciplinas que en el sistema público raramente se coordinan. El departamento médico de un club de élite incluye especialistas en traumatología, ortopedia, cardiología, medicina deportiva, preparación física, fisioterapia, podología, nutrición y psicología deportiva — todos trabajando sobre el mismo cuerpo, con acceso a los mismos datos, en tiempo real.

Una plataforma de gestión deportiva conecta a todos los profesionales: entrenadores, preparadores físicos, departamento médico, nutricionista, psicólogo. Los GPS que llevan los jugadores durante los entrenamientos vuelcan automáticamente información de salud. Las evaluaciones antropométricas, el estado madurativo, los informes del psicólogo, todo se acumula en un perfil longitudinal de cada jugador desde que es juvenil.

El costo de ese sistema no es menor. En clubes de primera división, el salario de un médico de equipo oscila entre 60.000 y 120.000 euros anuales — y eso es solo uno de los profesionales del staff. Los clubes de élite invierten entre 5.000 y 15.000 euros anuales por jugador solo en protocolos de nutrición personalizada, obteniendo mejoras del 25-30% en marcadores de rendimiento y una reducción del 40% en lesiones musculares.

Para un plantel de 25 jugadores, eso implica entre 125.000 y 375.000 euros anuales solo en nutrición. Más el staff médico completo. Más la tecnología de monitoreo. El sistema de salud portátil de un jugador de élite tiene un costo que ningún sistema público puede replicar por paciente — y eso es exactamente el problema.

La medicina del futuro que el fútbol ya practica hoy

Lo que distingue al sistema de salud del fútbol de élite no es solo el dinero. Es la lógica. El fútbol de élite practica lo que la salud pública predica pero rara vez puede financiar: prevención, detección temprana y seguimiento continuo.

La tecnología GPS puede reducir hasta en un 45% las lesiones musculares1, permitiendo monitorear la carga de entrenamiento, la velocidad, la aceleración y la fatiga de cada jugador en tiempo real. Antes no se tenía registro de las cargas diarias ni de cuánto debía correr un jugador antes de llegar al límite, las lesiones musculares y los desgarros eran consecuencia directa de esa ignorancia. Actualmente, la información en tiempo real ayuda a mantener a los jugadores en condiciones óptimas para competir.

El fútbol va más lejos todavía. Investigadores de la Universidad de Granada desarrollaron en 2025 un sistema de inteligencia artificial denominado «Huella del futbolista» que integra datos fisiológicos, nutricionales y psicológicos para generar una monitorización personalizada y predictiva del riesgo de lesión, identificando perfiles de riesgo y ajustando cargas antes de que el daño ocurra.

“Nuestro enfoque no solo mejora la capacidad predictiva respecto al riesgo de lesión, también permite visualizar de forma clara y comprensible las dinámicas de esfuerzo que experimenta cada jugador a lo largo del tiempo, abriendo la puerta a una monitorización inteligente y preventiva”,

Jaime B. Matas Bustos, coautor de ‘Footballer Workload Footprint’ (FWF), o ‘Huella del futbolista’

Prevención predictiva. Seguimiento longitudinal. Interdisciplina real. Historia clínica integrada. Esos son exactamente los principios que la salud pública repite en cada conferencia internacional de atención primaria — y que el fútbol de élite implementó no por ideología sanitaria sino porque perder a un jugador durante tres meses cuesta millones.

La brecha como problema de equidad

Hagamos el contraste explícito. Un trabajador formal argentino con cobertura de obra social tiene acceso, en el mejor de los casos, a una consulta médica cada vez que algo duele, a estudios de diagnóstico con tiempos de espera variables y a un nutricionista si lo indica una patología. No tiene seguimiento biométrico continuo. No tiene psicólogo deportivo. No tiene un equipo de once profesionales coordinados construyendo un perfil longitudinal de su salud desde los veinte años.

El jugador de élite tiene todo eso. Y el resultado es medible: menor tasa de lesiones, recuperación más rápida, mayor expectativa de vida activa, mejor calidad de vida durante y después de la carrera deportiva.

No es un lujo deportivo. Es una demostración de que el modelo funciona. El problema es quién tiene acceso a él.

La medicina de precisión — personalizada, predictiva, continua, interdisciplinaria — existe. No es ciencia ficción ni promesa futura. Es lo que ocurre todos los días en los centros de entrenamiento de los clubes que participan en este Mundial. La pregunta es por qué esa lógica está disponible para los que generan millones y no para los que sostienen el sistema de salud con sus aportes.

Lo que el sistema público podría aprender sin gastar lo mismo

No se trata de replicar el presupuesto del Manchester City en el hospital público. Se trata de trasladar la lógica, que es mucho más eficiente que la alta tecnología.

Cuatro principios del fútbol de élite que son trasladables con inversión moderada:

1. El primero es el seguimiento longitudinal del paciente. El fútbol construye un perfil acumulativo de cada jugador desde la juvenil. El sistema público pierde la historia clínica cada vez que el paciente cambia de efector. Un registro único, continuo y accesible es tecnológicamente posible hoy — lo que falta es decisión política de implementarlo.

2. El segundo es la interdisciplina real. En el fútbol, el médico, el nutricionista y el psicólogo trabajan sobre el mismo caso con acceso a los mismos datos. En el sistema público, raramente se hablan. La coordinación no cuesta dinero extra — cuesta reorganización.

3. El tercero es la prevención como inversión y no como gasto. Los clubes invierten en nutrición y monitoreo porque saben que evitar una lesión es mucho más barato que tratar una (por lo que dejan de ganar). El sistema público lo sabe en teoría y lo financia en la práctica como si fuera un lujo.

4. El cuarto es el dato como herramienta de gestión. El GPS que mide la fatiga de un jugador en tiempo real es la versión de élite de algo mucho más simple: el dato clínico sistemático y actualizado. El sistema público tiene enormes capacidades de recolección de datos que raramente se usan para anticipar en lugar de reaccionar.

El cierre

Durante el Mundial, millones de personas van a mirar los cuerpos de los jugadores en la cancha con admiración. Pocos van a pensar en el sistema que los mantiene en pie — y en la distancia que separa ese sistema del que tienen disponible cuando salen del estadio y vuelven a ser pacientes comunes.

No se trata de que todos tengan un nutricionista personal ni un GPS en la camiseta. Se trata de que el sistema de salud empiece a tratar los cuerpos de la población con la misma lógica con que el fútbol trata los cuerpos de sus activos más valiosos.

¿O acaso solo valemos por lo que producimos?

  1. Oliver Sports AI. Cómo prevenir lesiones en el fútbol con tecnología GPS. 2024. ↩︎

El país que llega más sano gana

Antes de cada Mundial, el mundo analiza tácticas, presupuestos de federaciones y el valor de mercado de los planteles. La industria del análisis deportivo produce estadísticas sobre goles esperados, distancias recorridas y velocidades máximas. Pero hay preguntas que nadie hace en la previa de ningún torneo: ¿Cuán sana es la población que produce esos jugadores? ¿Qué dicen sus cuerpos sobre el sistema de salud del país que los formó?

No es una pregunta retórica. Tiene respuesta empírica. Lo que esa respuesta muestra incomoda por igual al mundo del fútbol y al de la salud pública.

El cuerpo que llega a la cancha

Un futbolista que juega el Mundial 2026 nació, en la mayoría de los casos, entre 1994 y 2004. Lo que le ocurrió en sus primeros mil días de vida, entre la concepción y los dos años, determinó en gran medida su desarrollo cognitivo, motor e inmunológico. La evidencia científica sobre esa ventana es contundente: una nutrición adecuada adquiere particular importancia en la infancia y adolescencia, ya que favorece el crecimiento y desarrollo del aparato locomotor, generando beneficios desde lo fisiológico, inmunológico, psicológico y social.

El talento futbolístico no escapa a esa lógica. Puede emerger en contextos de pobreza, y lo hace, con frecuencia, pero lo hace a pesar del contexto, no gracias a él. La pregunta relevante no es si hay talento en los países con peores indicadores sanitarios. Es cuánto talento se pierde antes de llegar a la cancha. Eso no hay una medición. Sin embargo, sí se puede medir con datos duros es otra cosa que tiene directa relación: cuánto se rompen los que llegaron.

Las lesiones como radiografía del sistema de salud

Aquí está el dato que los análisis previos al Mundial no incluyen. La epidemiología de lesiones en fútbol profesional varía de manera dramática según la región del mundo, y esa variación no se explica solo por la táctica o el estilo de juego.

La incidencia de lesiones en jugadores de fútbol africanos oscila entre 13 y 82 lesiones por cada 1.000 horas, comparada con 1,8 a 6,8 en Europa1. Es decir, entre cuatro y doce veces más lesiones. Dentro de África hay variabilidad enorme: la liga sudafricana reporta 24,8 lesiones por cada 1.000 horas de partido, mientras que la liga nigeriana llega a 113,4. Algunos estudios en Congo registraron hasta seis lesiones por partido.

América del Sur presenta un perfil intermedio, pero con diferencias significativas respecto a Europa. Las lesiones ligamentosas en entrenamiento son significativamente más frecuentes en equipos sudamericanos que en europeos, con mayor carga de lesiones — medida como días de baja por cada 1.000 horas de exposición2.

¿Qué explica estas diferencias? Los propios estudios identifican factores que son exactamente los que una mirada de salud pública reconocería de inmediato: diferencias en niveles de aptitud física, preparación y métodos de entrenamiento, nutrición y estado mental de los jugadores. No es solo fútbol. Es el estado del cuerpo que llega al fútbol — y ese estado se construye mucho antes de la primera práctica.

Lo que la nutrición hace y deshace

La conexión entre nutrición temprana y lesiones deportivas en la adultez no es especulación. Un estado nutricional deficiente puede interferir directamente en la prestación deportiva y a la larga incrementar el riesgo de lesiones, según estudios específicos sobre jugadores de fútbol. La nutrición juega un papel integral determinante no solo en la optimización del rendimiento deportivo sino también en la recuperación de lesiones.3

El mecanismo es preciso: la deficiencia proteica y de micronutrientes en los primeros años de vida compromete el desarrollo del tejido muscular, ligamentoso y óseo. Un jugador que creció con acceso limitado a proteínas de calidad, vitamina D y calcio llega a la élite con una arquitectura musculo-esquelética más vulnerable. No hay suplemento ni preparación física de academia que repare completamente esa base.

Las lesiones deportivas suponen un costo en materia de salud de más de 1.000 millones de dólares anuales en todo el mundo, según datos de las Naciones Unidas.4 Ese número incluye el costo directo de la atención médica, pero no el costo invisible: el del jugador que nunca llegó porque su desarrollo físico quedó comprometido antes de que ninguna academia lo descubriera.

La paradoja latinoamericana

Argentina y Brasil son potencias futbolísticas mundiales con sistemas de salud bajo presión severa y con desigualdades internas enormes. Esa paradoja tiene una explicación que el análisis deportivo convencional raramente hace explícita.

Las academias de fútbol latinoamericanas funcionan como sistemas de salud paralelos para los chicos que reclutan. Proveen nutrición, atención médica, seguimiento físico y desarrollo estructurado — construyendo, en miniatura, exactamente lo que el Estado no siempre garantiza. Es decir: el fútbol detecta talento y luego repara, en parte, el daño que el sistema de salud no pudo prevenir.

Pero esa reparación es parcial y tardía. En Argentina, Chaco, Corrientes, Formosa, La Rioja y Tucumán tienen tasas de mortalidad infantil que superan los 10 decesos cada 1.000 nacidos vivos, mientras la media nacional es de 8,4 — con el deterioro de las condiciones sociosanitarias como factor central. Los chicos que sobreviven esas condiciones llegan a las academias con una base biológica diferente a los que crecieron en Buenos Aires o Rosario. Esa diferencia, silenciosa e invisible en las estadísticas deportivas, se manifiesta tarde o temprano en la sala de fisioterapia.

Dentro de Argentina coexisten dos países sanitarios; uno que produce jugadores de élite con todas las condiciones; y otro que los pierde antes de que puedan serlo, o que los entrega al sistema con una mochila de déficits que ningún entrenador puede ver en una prueba de habilidades.

Lo que el Mundial no mide pero debería

Cada cuatro años, el fútbol construye un ranking implícito del capital humano de los países del mundo. No es perfecto, el fútbol tiene suficientes variables para que ningún indicador sanitario lo explique por sí solo, pero tampoco es aleatorio.

Los países que concentran la mayor cantidad de jugadores activos en las cinco principales ligas europeas son, en su mayoría, países con alto desarrollo humano o con sistemas de detección y formación de talento que compensan las deficiencias del sistema de salud público. Los que aparecen en la fase de grupos y rara vez pasan de allí suelen ser los que combinan menor IDH con ausencia de infraestructura deportiva que compense esa brecha.

Lo que ningún análisis previo al Mundial menciona es la pregunta de fondo: ¿Cuántos jugadores nunca llegaron? ¿Cuántos talentos potenciales quedaron en el camino porque una enfermedad prevenible no fue tratada, porque la desnutrición crónica comprometió su desarrollo físico, porque no hubo una academia que los encontrara antes de que el cuerpo pagara el costo de una infancia con sistema de salud ausente?

Esa es la estadística que el marcador no muestra. Y es, quizás, la más importante de todas, donde tenemos países que claramente ganan.

  1. Kwakye SK, Mostert K, Garnett D, Masenge A. Epidemiología y características clínicas de las lesiones de fútbol entre jugadores de academias en Ghana. BMJ Open Sport & Exercise Medicine . 2024; 10:e001519. ↩︎
  2. Bengtsson H, Ortega Gallo PA, Ekstrand J. Injury epidemiology in professional football in South America compared with Europe. BMJ Open Sport & Exercise Medicine. 2021;7:e001172. ↩︎
  3. El papel de la nutrición en la recuperación de lesiones ↩︎
  4. Papadopoulou SK. Rehabilitation Nutrition for Injury Recovery of Athletes: The Role of Macronutrient Intake. Nutrients. 2020 Aug 14;12(8):2449. doi: 10.3390/nu12082449. PMID: 32824034; PMCID: PMC7468744. ↩︎

Lo que el Mundial le hace a tu corazón, tu hígado y tu casa: epidemiología de la fiesta más grande del mundo

Cada cuatro años, el mundo se detiene. Más de cuatro mil millones de personas siguen la Copa del Mundo de fútbol — el evento más visto de la historia de la humanidad. En junio de 2026, Estados Unidos, Canadá y México serán el escenario de esa detención colectiva. Mientras los estadios se llenan y las pantallas se encienden, algo ocurre en los hospitales, en las guardias de urgencias, en las comisarías y en los hogares de los países participantes que los relatos deportivos raramente mencionan.

El Mundial es también, según la evidencia epidemiológica acumulada en las últimas décadas, un experimento natural a escala global. Lo que ese experimento muestra es fascinante, incómodo y perfectamente predecible. Sin embargo, los sistemas de salud siguen sin planificarlo en consecuencia.

El corazón no soporta los penales

Existe una denominación médica para lo que le ocurre al corazón de un hincha durante un partido decisivo: Síndrome de Abreu. Así lo nombraron investigadores uruguayos al síndrome coronario agudo — angina inestable, infarto agudo de miocardio — desencadenado por el estrés emocional que genera un evento deportivo1.

La evidencia más sólida proviene de un estudio prospectivo publicado en el New England Journal of Medicine2, diseñado específicamente para medir el impacto cardiovascular del Mundial Alemania 2006. Los datos de Munich mostraron que los días que jugaba Alemania había 2,5 veces más infartos que en días normales, tres veces más arritmias, y que los pacientes con antecedentes cardíacos tenían hasta cuatro veces más probabilidad de sufrir un evento coronario agudo. El pico máximo no se registró cuando Alemania perdió en semifinales — se registró durante la definición por penales contra Argentina en cuartos de final. La incertidumbre mata más que la derrota.

El mecanismo fisiológico es conocido. El estrés emocional activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, dispara la adrenalina, eleva la frecuencia cardíaca y la presión arterial, favorece la vasoconstricción y aumenta la agregación plaquetaria. En un paciente con arterias coronarias comprometidas, ese coctel fisiológico puede desencadenar un evento que en otro contexto no hubiera ocurrido ese día.

Para un sistema de salud, eso no es un dato anecdótico. Es una demanda predecible, con fecha y horario conocidos de antemano. Los partidos de Argentina en el Mundial 2026 están en el calendario desde hace meses. La pregunta es si los hospitales argentinos van a planificar en consecuencia — o van a enterarse de la oleada cuando ya esté en la guardia.

El hígado tampoco

El fútbol y el alcohol tienen una relación simbiótica que la industria cervecera cultiva con presupuestos millonarios y que los sistemas de salud pagan sin haber firmado el contrato. Los estudios de urgencias sugieren que el consumo de alcohol aumenta el riesgo de lesiones en las seis horas siguientes entre 2,1 y 6,8 veces, con mayor riesgo para lesiones intencionadas que accidentales3.

En Argentina específicamente, datos de la Revista Panamericana de Salud Pública basados en una sala de urgencias de Mar del Plata muestran que el consumo de alcohol aumentó el riesgo de traumatismos por accidentes de tránsito casi siete veces — con resultados similares en hombres y mujeres y en mayores y menores de 30 años4. El dato no es sobre el Mundial específicamente, pero el Mundial es el evento que más dispara el consumo masivo y simultáneo de alcohol en el país.

La resaca posterior, atribuida a la deshidratación, alteraciones hormonales, desregulación de la respuesta inflamatoria y efectos tóxicos del alcohol, es responsable directa de ausentismo laboral y escolar. El día después de un partido de Argentina en horario nocturno no es solo un cliché cultural: es un evento de salud pública con impacto económico medible en productividad, accidentabilidad laboral y demanda de servicios de salud.

Lo que pasa puertas adentro

Este es el dato más incómodo — y el más documentado. La violencia doméstica aumenta de manera sistemática y medible en días de partido de fútbol. No solo cuando el equipo local pierde5.

Estudios de la Universidad de Lancaster6 realizados en 2002, 2006 y 2010 indicaron que la violencia doméstica aumentó en un 38% cuando Inglaterra perdía un partido y en un 26% cuando ganaba o empataba. La derrota agrava el fenómeno — pero la victoria no lo elimina. El partido en sí, con todo lo que moviliza emocionalmente y con el alcohol como variable mediadora, es el factor de riesgo.

En Colombia, se observó un incremento de un 25% en los registros de violencia doméstica en los días en los que la selección colombiana tuvo partidos en el Mundial de 2018, y un 38% en el de 2014. En Sudáfrica, el aumento de violencia de género durante el Mundial 2010 fue del 30%.

Según el BID, las principales razones del incremento son dos: patrones de masculinidad y consumo de alcohol. No es el fútbol per se — es el fútbol como catalizador de una tensión preexistente, lubricada por el alcohol y amplificada por la intensidad emocional del partido. Lo que el Mundial hace es concentrar en noventa minutos condiciones que el sistema de protección debería anticipar, no descubrir después.

El síndrome del día después

Ningún análisis epidemiológico del Mundial estaría completo sin el capítulo económico más mundano: el ausentismo laboral del día siguiente a un partido importante. No hay estudios específicos para Argentina con el rigor metodológico de los estudios cardiovasculares europeos, pero la lógica es consistente con la evidencia disponible sobre alcohol y desempeño laboral. El absentismo por enfermedad común era el doble entre los consumidores excesivos de alcohol que en el resto de la plantilla — y cuatro veces superior según otros estudios comparables.

Para una empresa o una institución de salud, el día después de un partido nocturno de Argentina en fase eliminatoria es un evento de gestión de recursos humanos, no solo una curiosidad sociológica. Se puede anticipar, se puede planificar, se puede gestionar.

Lo que el sistema debería aprender

Este artículo no es un argumento contra el fútbol ni contra el Mundial. Es un argumento a favor de algo más simple y más urgente: que los sistemas de salud planifiquen para lo que ya saben que va a pasar.

Los Mundiales se anuncian con años de anticipación. Los países participantes se conocen con meses de antelación. Los horarios de los partidos están publicados. La evidencia sobre el impacto sanitario — cardiovascular, traumatológico, de violencia doméstica, de ausentismo — está disponible y es consistente.

Lo que no está disponible, al menos en Argentina, es la planificación sanitaria específica para el evento. No hay protocolos de refuerzo de guardias cardiológicas en días de partido. No hay campañas de alcohol responsable integradas al calendario mundialista. No hay articulación entre los sistemas de protección contra la violencia doméstica y el calendario deportivo. No hay estimaciones del impacto económico del ausentismo post-partido.

En salud pública, la mejor intervención es la que llega antes del problema. El Mundial tiene fecha. La evidencia existe. Lo que falta no es información — es decisión.

  1. Estrés emocional vinculado a un encuentro deportivo como desencadenante de un síndrome coronario agudo: ¿síndrome de Abreu? ↩︎
  2. Cardiovascular Events during World Cup Soccer ↩︎
  3. Scielo España. Principales daños sanitarios y sociales relacionados con el consumo de alcohol. Rev Esp Salud Pública, 2014. ↩︎
  4. Pérez-Gómez A. et al. Riesgo de lesiones por accidentes de tránsito debido al consumo de alcohol y cannabis en pacientes de urgencias en Argentina. Revista Panamericana de Salud Pública, 2023. ↩︎
  5. En el Mundial, gane quien gane, las que pierden son las mujeres ↩︎
  6. Universidad de Lancaster. Domestic violence and the FIFA World Cup. 2014. Citado en ESPN Deportes y Centro Nacional de Violencia Doméstica del Reino Unido. ↩︎