Los planes sociales siempre han generado polémica. Actualmente, desde el «generan vagancia» hasta «perpetúan la pobreza», son cargados de suspicacias políticas y estereotipos. ¿Son necesarios? ¿Cuántos hay? ¿Qué impacto tienen? ¿Se pueden eliminar?
En la Argentina existen distintos tipos de planes, clasificados de acuerdo con la base de datos de programas de protección social no contributiva de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), como programas de transferencias condicionadas (2 vigentes)*, pensiones sociales (2 vigentes) y programas de inclusión laboral y productiva (con 9 vigentes). Si bien no hay un numero consolidado de los beneficiarios (no se pueden sumar por separado, ya que hay posibilidad de tener más de un plan social), se calcula que el 40% de la población argentina tiene acceso a algún plan social. Tampoco es fácil encontrar el dinero destinado al conjunto de todos estos planes, aunque es un estimado del 30% del gasto público nacional, más gastos provinciales y municipales.
«El director del ODSA, Agustín Salvia, señaló a Chequeado que ese número abarca aproximadamente al 40% de la población total, y explicó que en 2020, con la incorporación del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y la ampliación de la Asignación Universal por Hijo (AUH), esa cobertura trepó al 53% del total de argentinos, aunque en 2021 volvió a ubicarse en torno al 40%.»
Qué son y cómo surgieron los planes sociales en la Argentina – Chequedo.com –
ODSA: Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA)
Un poco de historia
Con la vuelta a la democracia ha existido una imperiosa necesidad de luchar contra el hambre y la pobreza, donde post dictadura el 25% de la población argentina tenía necesidades básicas insatisfechas. El Programa Alimentario Nacional, conocido como PAN, fue la respuesta que brindó el gobierno a la crisis social. Con amplio apoyo en sus comienzos, fue reconocido como un programa de emergencia paliativa de corto plazo, pero las críticas no tardaron en llegar ante la falta de recuperación económica y de generación de empleo. A mediados de la década del 90 y principios de los 2000, se crearon los primeros planes de transferencia de fondos, cuya finalidad era “generar empleo transitorio para personas desocupadas”. Con el tiempo los programas y planes sociales fueron creciendo y consolidándose a medida que las condiciones empeoraron de la mano de la inestabilidad macroeconómica. Actualmente, se creó una dependencia a la asistencia social, utilizándose como fuente de sustento permanente en lugar de ser una ayuda temporaria.
Problemas estructurales y condiciones macroeconómicas
Por un lado, la falta de crecimiento económico, el déficit fiscal (46 años sobre los últimos 60 años), la emisión monetaria descontrolada, el endeudamiento a mansalva con repetidos defaults, la falta de financiamiento internacional, la inflación desmedida, la alta carga impositiva y el deterioro educativo (en particular de condiciones técnicas para los trabajadores) son problemas estructurales en la economía argentina. (Algunos sectores también incluyen a la normativa y los costos laborales). Por otro lado, la restricción de exportaciones, las trabas a las importaciones, el cepo cambiario o la doble indemnización son condiciones coyunturales, mitigantes de corto plazo, pero con altos costos en la economía real, especialmente cuando perduran en el tiempo.
El desempleo, la pobreza y la inseguridad alimentaria, son las consecuencias de años de políticas cortoplacistas sin rumbo fijo. Entonces aparecen los planes y programas sociales. Se hacen necesarios ante las crisis constantes pero apenas son paliativos. Son fáciles de culpar, como fue en los ’80, ya que no generan soluciones, dado que no permiten salir de la pobreza. Sin embargo, sobre las verdaderas causas de los problemas, la falta de inversión productiva y la economía informal (apenas el 28% de la fuerza laboral esta bajo la ley de trabajo) poco se propone. La verdadera salida es generar trabajo genuino, pero para lograrlo, primero necesitamos trabajar sobre las condiciones estructurales.
Planes sociales y salud
Los condicionantes sociales de la salud (educación, pobreza, alimentación, etc.) tienen mayor impacto en la salud poblacional, que el mismo sistema de salud. Incluso, hay un fuerte efecto positivo entre ingreso per cápita y esperanza de vida al nacer, mientras que no se constata el mismo efecto relacionando el gasto en salud y la esperanza de vida al nacer, especialmente en países de medianos y bajos ingresos.
«La existencia de una fuerte relación entre la esperanza de vida y las condiciones socioeconómicas, medida a través de indicadores de ingreso, educación, vivienda, trabajo y distribución de la renta, ha sido estudiada por numerosos autores e instituciones, tanto desde el punto de vista teórico, como desde el empírico».
Temporelli, Karina; Viego, Valentina; Relación entre esperanza de vida e ingreso. Un análisis para América Latina y el Caribe Lecturas de Economía, núm. 74, enero-junio, 2011, pp. 61-85 Universidad de Antioquia. Colombia
Lo expuesto hasta acá demuestran dos cosas: por un lado, que debemos ser inteligentes a la hora de invertir en salud, y por el otro, la importancia de los planes sociales. Tanto para atenuar la pobreza, como también, por su impacto positivo sobre la salud. De todos modos, como se expuso, no son la solución a los problemas de los argentinos. Hace falta un cambio de rumbo. Un pacto político, que trascienda los colores partidarios, definiendo el camino para los próximos 10/15 años, generando condiciones para el desarrollo económico, la inversión y la generación de empleo; entonces recién ahí podremos hacer desaparecer los planes sociales definitivamente.
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*Faltaría incluir en la base como programas de transferencia condicionadas el Plan Argentino Contra el Hambre y el IFE, ambos 2020