Abril nos encuentra ya insertos en la segunda ola de contagios y con pocas vacunas para nuestras necesidad y expectativas. En AMBA las filas en los hospitales crecen diariamente y, aunque aún hay capacidad suficiente de camas, las alertas se disparan. Es hora de tomar decisiones sanitarias, en medio de una crisis económica profundizada por un 2020 complicado y mucho mal humor social. De reojo, todos ven las elecciones de medio término que ya a lo lejos (o no tanto) se avecinan. Imagino que en la cabeza de los políticos surgen, al menos, estas 3 preguntas para pensar en decisiones.
¿Volver a fase 0? Es el peor escenario por las consecuencias socio económicas. Entiendo que no tendría mucho sentido sanitario, al menos por ahora, ya que el año pasado se han acondicionado camas para terapia casi duplicando la capacidad inicial. Las compras de respiradores e insumos, instalación de laboratorios y reactivos ya se han realizado. La capacidad máxima potencial (tomando en cuenta el límite de camas en función de los recursos humanos) ya está preparada. Solo una catástrofe sanitaria nos debería llevar a esta decisión para parar temporalmente los contagios y permitir que el sistema sanitario pueda reacomodarse. Otra mirada que pesa a la hora de elegir esta alternativa, es el poco acatamiento y la poca capacidad de control sobre el mismo, dejando una imagen totalmente negativa sobre la gestión. También, obligaría al gobierno a aumentar el gasto público por encima de lo deseado.
¿Cerrar colegios? La falta de presencialidad afectó mucho sobre los chicos, su capacidad de aprendizaje y sus necesidades sociales. Además, es una medida bastante antipática para mucha gente, con un impacto negativo en la fuerza de trabajo, afectando mucho más a aquellos que tienen trabajo informal. El gran problema escolar es el transporte público dada la gran cantidad de personas que se deben movilizar para que los chicos concurran a los establecimientos educativos. Políticamente ha sido una gran batalla la reaperturas de colegios y motivo de grieta. En definitiva, es una decisión de alto impacto mediático y político.
¿Limitar la movilidad? Es una buena alternativa aunque difícil de llevar a la práctica, ya que sin limitaciones de actividades, casi todos tendrían justificativo. Por lo tanto, limitar la circulación, implica limitar determinadas actividades comerciales, en general, las últimas que abrieron y las más afectadas económicamente por la primera ola (esparcimiento, restaurants, gimnasios, etc.). Las limitaciones por horarios son alternativas, aunque sin un gran efecto sanitario. Las limitaciones interprovinciales y las reducciones de vuelos internacionales son importantes pero deben acompañarse de acciones sanitarias complementarias como aislamientos y testeos de cumplimiento obligatorio y efectivo, cosa que no siempre ocurre. Un efecto no deseado de limitar la movilidad es la disminución del consumo enlenteciendo la esperada recuperación económica.
El escenario es muy difícil, ya que el estado tampoco tiene la capacidad y libertad económica del año pasado, debiendo recortar el déficit fiscal (no podrá eliminarlo, pero al menos, acercarse al propuesto en el presupuesto) para evitar una mayor inflación y lograr llevar a buen puerto las negociaciones con el FMI. Tomar decisiones no es fácil, sobre todo cuando afecta a miles de personas. El gran dilema acá será si nuestro gobernantes, independientemente del color político, tienen la capacidad de tomar decisiones sanitarias aunque tengan efectos negativos en la economía y/o sean antipáticas para la población en un año de elecciones. ¿Vos que pensas?

